Razón y Símbolos


Dos polos rigen nuestra experiencia masónica: el poder de la razón y la sugestión de los símbolos. La dialéctica de esta dualidad, que impregna nuestra conciencia de personas libres y comprometidas, resume de forma locuaz la dinámica de muchos opuestos que están llamados a convivir, compenetrarse e incluso entenderse.

En el mundo inmediato, los masones tenemos unos principios que nos unen con nuestros hermanos y se basan estrictamente en la aplicación racional del pensamiento cívico. Esto quiere decir que valores como la igualdad, la tolerancia o la solidaridad son guías racionales que animan nuestro pensamiento y alientan nuestra conducta. Pero, ¿en qué quedarían todos ellos si no los viviéramos como símbolos de algo superior? Seguramente no significarían mucho más que el compendio de buenas maneras e hipócritas convenciones que rigen los modos de la sociedad profana.

Tomemos la Igualdad, por ejemplo, esa rosa de color rosáceo que junto con la blanca de la Libertad y la roja de la Fraternidad, conforman uno de los símbolos más hermosos de la masonería. Nosotros rendimos culto, en el mejor de los sentidos, a la inalienable igualdad entre los seres humanos. Como enseñó Pitágoras, esta igualdad no es sino el reflejo de la Armonía del Cosmos y su práctica contiene la Música de las Esferas, la triunfante celebración de lo Justo y Perfecto.

Periódicamente recibimos en la logia, con el gozo de los grandes acontecimientos, a hermanos aprendices que acuden para ser iniciados. En el taller se encuentran con que hay hermanos de segundo grado o compañeros y hermanos maestros del tercer grado. También ven que el Venerable ocupa un sitial de honor a Oriente y que el Primer y Segundo Vigilantes dirigen la tenida desde lugares privilegiados en las columnas del Septentrión y el Mediodía. Pero todo este aparato y jerarquía no debe confundirles pues no es sino orden coyuntural, posición de servicio y actitud organizada de entrega a los demás. Luego celebrarán la Igualdad entrelazando sus brazos en la Cadena de Unión. No debemos olvidar que a la afirmación racional de esta importante categoría de equidad, se une el símbolo de permanecer unidos a los miles de hermanos que nos precedieron y a los que vendrán.

El Templo es la máxima expresión de nuestra fraternidad y donde habitan nuestros símbolos con todo su poder de evocación. Como espacio ritual, la Logia adquiere categoría de Universo cuando se inician los trabajos. Muchas civilizaciones no han necesitado recintos cerrados donde celebrar sus ritos de comunicación con las Fuerzas del Cosmos. La bóveda celeste era el techo y distintas rocas el ara y los sitiales. Ni los druidas de nuestro mundo celta europeo ni las culturas amerindias ni los chamanes de las tribus africanas precisaron muros de contención a los profanos. Pero nosotros, que somos una sociedad discreta e iniciática, en un mundo donde impera la ley de la publicidad y la representación de las apariencias, mantenemos nuestro espacio bien delimitado, sólo que en vez de círculo de tiza lo hacemos entre cuatro paredes que pueden resultar más modestas de lo que nuestra dignidad demanda, pero que cumplen a la perfección nuestro cometido, porque a la racionalidad de su estructura se añade el amor que cualquier hermano equilibrado profesa hacia el taller.

Recorramos con nuestra vista el orden del templo. Nada más franquear la puerta desde la estancia de los Pasos Perdidos, nos encontramos dos columnas que recuerdan la construcción del templo de Jerusalén, con los nombres herméticos de Jakin y Boaz y que en los órdenes arquitectónicos que nos legaron los maestros helénicos simbolizan la Sabiduría y la Fuerza. El Guardatemplo, con la espada desnuda de la Verdad, mantiene la separación y la vigilancia del mundo exterior que no debe interferir con los trabajos de la logia. Las granadas abiertas depositadas sobre los capiteles simbolizan la fecunda igualdad de la gran familia masónica y todo ello reposa sobre un equilibrio de armonía que transmite el ideal supremo de la Belleza como valor galvanizador que nos induce a la Verdad y la Experiencia del Bien, según nos han enseñado Sócrates, Gautama Buda, el arte sacro cristiano o los grandes artistas de todos los tiempos.

La bóveda celeste se difumina hacia Oriente y allí una estrella se distingue sobre las demás. Es Sirio, el meteoro más brillante de nuestro firmamento, base de la constelación de Orión y signo de Osiris, pues su aparición en el horizonte anuncia la renovación periódica de la vida. A su alrededor, abrazados por una cadena que simboliza el amor fraternal, los símbolos del Zodiaco anuncian la diversidad del ser y la celebración de la Vida en su múltiple y rica variedad.

En las columnas del Norte, apenas iluminados por el sol que se derrama desde Oriente, los aprendices observan, se nutren y callan, esperando el gozoso trance de su aumento de salario y el pase al hermoso grado de Compañero. Sentados en esos bancos, a veces duros asientos en los que han de trasegarse largas sesiones, ya no son los hombres y las mujeres que se levantan cada día para el afán de sus vidas profanas. Los guantes, el mandil, su propia actitud en logia, hace de ellos símbolos en sí mismos de lo mejor de la Humanidad, eslabones preciosos del progreso humano. Como ellos, todos los demás seguimos siendo aprendices en esta laboriosa tarea.

Los símbolos arquitectónicos distribuidos por la sala nos remiten al origen de nuestra orden. Cada uno tiene su valor, su importancia y el momento en que debe ser aplicado. No es el cometido de esta plancha abordar cada uno de ellos. Baste decir que nos recuerdan no sólo la primera exigencia de nuestra condición, que es la construcción del propio templo interior, sino la esencia de ese Arte Real que nos elevó por encima del reino animal en el principio de la Historia y llevó a la raza humana al logro de construir admirables templos y hermosos palacios donde la Sabiduría y la Fuerza de la Verdad se solazaban con la Belleza y trataban de convivir con otras potencias más oscuras del espíritu humano, todas ellas ligadas a su sed de poder.

Somos hijos de aquellas cofradías medievales que levantaron la maravilla gótica de las catedrales, de los freires templarios que practicaron la fraternidad a ultranza mientras buscaban descifrar los conocimientos ocultos y construían moradas de perfección.
Pero también somos hijos de Las Luces y herederos de La Ilustración, descendientes legítimos del discurrir filosófico y la razón política en cuanto búsqueda de convivencia pacífica y tolerante, con justicia e igualdad.

Y es aquí donde quiero volver al principio para tratar de ensamblar lo que sobre el papel parece opuesto. Razón y sentimiento, saber e intuición, valor y discreción, igualdad y exigencia, orden y libertad. Todo lo que parecen antónimos no son sino facetas de esa Piedra Bruta que llevamos tallando desde que tenemos uso de razón y, por tanto, la responsabilidad de la libertad.

Parece difícil conciliar lo vertical con la horizontalidad, la jerarquía con la simpatía, la reflexión con el diálogo, pero ése es el secreto, el único secreto. En esas últimas palabras “conciliar la reflexión con el diálogo” se encuentra la clave de nuestro trabajo masónico y la guía de nuestro método, basado en la necesaria dialéctica de los opuestos, en la tensión del eje de coordenadas, en el amor, y no el rechazo, por “lo otro”.

Una cosa más para los queridos hermanos aprendices, para quienes toda guía es poca y cualquier palabra de aliento, escasa. Os aseguro que llegará un día en que os encontraréis ante el trance de decidir una acción o tomar una postura y en ese momento sentiréis el peso de vuestra condición masónica como un soporte sólido, una cualidad superior que os obliga. Vuestros hermanos compañeros y maestros así lo podrán testificar. Un día notaréis que sois masones de verdad y entonces os sentiréis orgullosos de haber logrado algo que siempre deseasteis y que nadie os podrá quitar jamás. Sólo por momentos así, tiene toda su razón de ser la Masonería en este siglo XXI.

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