¿Soy o no un progresista?


¿Soy o no un progresista?

En busca de la identidad perdida

Un reciente diálogo entre F y Q me sumó en el más profundo ostracismo intelectual. Casi diría un estado predepresivo, un inmovilismo del cual sólo pude salir luego de varios días de completa introspección que me permitieron arrojar algo del luz sobre el dilema.

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Si F y Q se atreven a dudar respecto de su ubicación dentro del progresismo ¿qué queda para mí? ¿Soy o no soy un progresista? ¿Si no soy un progresista, qué soy? Se entenderá después del planteo del problema, que toca la esencia misma de mi ser, y por qué una respuesta adecuada a esta cuestión es una condición “sine qua non” para que la vida misma tenga sentido.

Recurrí, en primera instancia, a la ayuda de mis amigos, pero no hicieron más que ahondar mi sufrimiento. Unos dijeron: “sos un progresista de primera, odiás el ‘statu quo’ y siempre buscás la novedad en todo”. Otros me dijeron: “siempre fuiste un retrógrado, detestás la novedad y te encanta el ‘statu quo’”. Perdido y humillado por el resultado de mi primera investigación, se comprenderá ahora mi ineludible caída en el peor de los ostracismos.

Recurro a la música. Hasta que lo conocí a Dasbald, yo suponía que era un progresista en mi gusto musical, luego entendí que soy un retrógrado. La Enananegra tampoco colaboró en mi búsqueda. Me gusta Mozart, Bach, Beethoven, Haydn, Schubert, Schuman; me emociono si suena la obertura de Tannhäuser, pero si empieza el primer acto me quiero suicidar; ¿Mahler? ¡Socorro! Puedo recitar La Traviata, Rigoletto, Carmen, me emociono con Puccini, pero un día escuché Bomarzo y creo que ese día preferí estar muerto. Mato por el primer Miles Davis, muero por el último; vibro con Art Tatum, me suicido con Chick Corea. De tango y folclore ni qué hablar, no voy a insistir en mis preferencias.

¿Quién soy, por favor, qué soy?

Tuve que recurrir a mis “Fundamentals”. La sistematización de lo obvio se hacía imprescindible para encontrar alguna base desde la cual intentar salir del pozo al que había caído. La etimología debía venir en mi ayuda, sólo lo obvio podía servirme de referencia. Si yo estoy perfecto, entonces lo que debe estar mal es el progresismo.

Tres palabras tienen la misma raíz y aumentaron inicialmente mi confusión: progreso, regreso y congreso. ¿A qué viene esta raíz común? ¿Y congreso? Resulta que vienen de un verbo latino “gradior” que quiere decir “marchar”, cuyo pretérito perfecto del indicativo es “gressus”; entonces pro-greso sería marchar para adelante, re-greso marchar hacia atrás y con-greso, marchar juntos. ¡Nuevo Eureka! Soy un progresista, yo siempre voy para adelante.

No, error, alert, quit, delete. Este descubrimiento me colocó al borde de la muerte; un ataque de depresión dentro de un estado predepresivo suele ser fatal, pero creo que logré zafar y seguí pensando. ¿Qué es “adelante”? ¿Dónde queda? ¿Hay puntos cardinales de adelante y atrás?

Como siempre, recurrí a la física. Me leí de un tirón todo Arquímedes pero no encontré nada. En cambio, recordé un ejemplo muy sencillo: cuando uno ve una carrera de autos o ve pasar un avión, el sonido que “viene” es cada vez más agudo y el que “va” cada vez más grave. Para los planetas se usa un código parecido pero de colores; la primera indicación de que el cosmos se expandía provino del espectro de colores, dado que cuando los objetos “van” tienden a un color y cuando “vienen” tienden a otro.

Traté de aplicar estas simples reglas al mundo intelectual pero no dio ningún resultado. Resulta que para algunos Deleuze es el progreso y para otros es un chanta. Con la literatura pasa lo mismo, si no, vean lo que pasó en Duelo de Titanes. En la música, un conocido debate sobre una cantante de tango es también indicativo de que los “progresistas” no nos ponemos de acuerdo sobre la calidad musical.

Por otra parte hay personas que están adelante pero van para atrás y otros que estando atrás van para adelante. La situación es harto confusa, el progresismo no logra ponerse de acuerdo sobre dónde queda el “adelante”.

¿Un nuevo atolladero? No, de ninguna manera, la conclusión resulta obvia: uno quiere ser progresista, pero son los demás los que no te dejan, porque progreso y congreso parecen no ir de la mano: se puede ir hacia delante pero no juntos. Y no se busque aquí ninguna referencia política, me limito a la etimología de congreso, no a su aplicación práctica en el sistema republicano.

Los progresistas en serio están solos, la compañía del “congreso” de los que marchan juntos no es benéfica. La Historia refleja el índice de los “nacidos antes de tiempo”, de los que marchan para adelante solos, porque los que marchan en “congreso” ni siquiera han decidido adónde van, sólo caminan juntos.

Ahora bien, ¿soy o no soy un progresista?

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