Experiencia de un viaje


La mirada, que es un gesto inteligente, al iluminar un entorno, habitualmente nos ubica de alguna manera en ese tejido de relaciones. Tal vez por eso, cuando vestido –o desnudo– de un modo aparentemente extraño, fui privado de la visión exterior y desorientado tras un recorrido casi laberíntico, me hallé en una situación bastante nueva para mí, seguramente igual de virginal que lo fuera de desconocida. Parece que a todo esto contribuyó el largo rato transcurrido en la Cámara de Reflexión, donde fui objeto de la visita de variados personajes y actitudes, desde los graciosos a los trágicos, la mayoría conocidos de los tiempos profanos, que aburridos, acabaron por dejarme a solas conmigo mismo, al menos por ese día. Así me encontré en un espacio del que desconocía los límites y en el que ni siquiera el sostén de mi guía, aun siendo tan fraternal, me parecía familiar. Cuando oí los golpes violentos de éste y la respuesta del interior, me sobrecogí al pensar que podía profanar unos trabajos que por su naturaleza eran sagrados, pero volví en mí al recordar que nadie puede hacer el trabajo por uno mismo y que cualquier ayuda vendría de Aquél en quien creo desde antes de tener uso de razón.

Y tengo que decir que incapaz tal vez de precisar individualidades y por lo tanto de juzgar, o mejor, incapaz de separar el símbolo de lo Simbolizado, tuve la certeza de que era la propia Inteligencia Universal, aquella que sólo entiende de lo Uno, la que me hablaba y con ella todos los masones que habían realizado o realizarán ese Conocimiento en la medida que sea, asimilándose a Ella, haciéndose unos con Ella.

La mirada, que es un gesto inteligente, al iluminar un entorno, habitualmente nos ubica de alguna manera en ese tejido de relaciones. Tal vez por eso, cuando vestido –o desnudo– de un modo aparentemente extraño, fui privado de la visión exterior y desorientado tras un recorrido casi laberíntico, me hallé en una situación bastante nueva para mí, seguramente igual de virginal que lo fuera de desconocida. Parece que a todo esto contribuyó el largo rato transcurrido en la Cámara de Reflexión, donde fui objeto de la visita de variados personajes y actitudes, desde los graciosos a los trágicos, la mayoría conocidos de los tiempos profanos, que aburridos, acabaron por dejarme a solas conmigo mismo, al menos por ese día. Así me encontré en un espacio del que desconocía los límites y en el que ni siquiera el sostén de mi guía, aun siendo tan fraternal, me parecía familiar. Cuando oí los golpes violentos de éste y la respuesta del interior, me sobrecogí al pensar que podía profanar unos trabajos que por su naturaleza eran sagrados, pero volví en mí al recordar que nadie puede hacer el trabajo por uno mismo y que cualquier ayuda vendría de Aquél en quien creo desde antes de tener uso de razón.

Y tengo que decir que incapaz tal vez de precisar individualidades y por lo tanto de juzgar, o mejor, incapaz de separar el símbolo de lo Simbolizado, tuve la certeza de que era la propia Inteligencia Universal, aquella que sólo entiende de lo Uno, la que me hablaba y con ella todos los masones que habían realizado o realizarán ese Conocimiento en la medida que sea, asimilándose a Ella, haciéndose unos con Ella.

Fue también como el reconocimiento de una herencia que le pertenece a uno y que es más suya –y uno es más eso– que todo lo aprendido desde afuera. Y no me refiero sólo a la afinidad con una forma particular de la Tradición, o de la Transmisión y Recepción del Conocimiento, cosa completamente secundaria y que no excede del plano individual, sino a ese Conocimiento trascendente que, al revelarse en uno, puede redimirlo de un mundo que no tiene su fin en sí mismo. Porque es evidente que ese punto geométrico donde se reúnen los Hijos de la Viuda, no se refiere sólo a un lugar geográfico, que podría cambiar cada día, o a una comunidad de intereses sociales o morales para lo cual ya existen otros órganos e instituciones que no son ni tienen por qué ser iniciáticos. Siendo el lugar del trabajo ritual, es decir conforme al orden sagrado del cosmos, trabajo de transmutación y transformación, su propio centro es supraespacial y supratemporal, y en él las cosas y los seres ya son uno de toda eternidad, antes de toda sucesión, como el punto contiene en sí toda la cualidad del espacio, que no es sino el despliegue de todas sus posibilidades de expresión.

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