Samuel Beckett – Cuentos


 

 


Samuel Beckett

 

 

Cuentos

 

El expulsado…….2

El final……..9

Compañía……….19

Sobresalto…….31

 


 

 

El expulsado

 

No era alta la escalinata. Mil veces conté los escalones, subiendo, bajando; hoy, sin embargo, la cifra se ha borrado de la memoria. Nunca he sabido si el uno hay que marcarlo sobre la acera, el dos sobre el primer escalón, y así, o si la acera no debe contar. Al llegar al final de la escalera, me asomaba al mismo dilema. En sentido inverso, quiero decir de arriba abajo, era lo mismo, la palabra resulta débil. No sabía por dónde empezar ni por dónde acabar, digamos las cosas como son. Conseguía pues tres cifras perfectamente distintas, sin saber nunca cuál era la correcta.Y cuando digo que la cifra ya no está presente, en la memoria, quiero decir que ninguna de las tres cifras está presente, en la memoria. Lo cierto es que si encuentro en la memoria, donde seguro debe estar, una de esas cifras, sólo encontraré una, sin posibilidad de deducir, de ella, las otras dos. E incluso si recuperara dos no por eso averiguaría la tercera. No, habría que en contrar las tres, en la memoria, para poder conocerlas, todas, las tres. Mortal, los recuerdos. Por eso no hay que pensar en ciertas cosas, cosas que te habitan por dentro, o no, mejor sí, hay que pensar en ellas porque si no pensamos en ellas, corremos el riesgo de encontrarlas, una a una, en la memoria. Es decir, hay que pensar durante un momento, un buen rato, todos los días y varias veces al día, hasta que el fango las recubra, con una costra infranqueable. Es un orden.

 

Después de todo, lo de menos es el número de escalones. Lo que había que retener es el hecho de que la escalinata no era alta, y eso lo he retenido. Incluso para el niño, no era alta, al lado de otras escalinatas que él conocía, a fuerza de verlas todos los días de subirlas y bajarlas, y jugar en los escalones, a las tabas y a otros juegos de los que he olvidado hasta el nombre. ¿Qué debería ser pues para el hombre, hecho y derecho?

 

La caída fue casi liviana. Al caer oí un portazo, lo que me comunicó un cierto alivio, en lo peor de mi caída. Porque eso significaba que no se me perseguía hasta la calle, con un bastón, para atizarme bastonazos, ante la mirada de los transeúntes. Porque si hubiera sido ésta su intención no habrían cerrado la puerta, sino que la hubieran dejado abierta, para que las personas congregadas en el vestíbulo pudieran gozar del castigo, y sacar una lección. Se habían contentado, por esta vez, con echarme, sin más. Tuve tiempo, antes de acomodarme en la burla, de solidificar este razonamiento.

 

En estas condiciones, nada me obligaba a levantarme en seguida. Instalé los codos, curioso recuerdo, en la acera, apoyé la oreja en el hueco de la mano y me puse a reflexionar sobre mi situación, situación, a pesar de todo, habitual. Pero el ruido, más débil, pero inequívoco, de la puerta que de nuevo se cierra, me arrancó de mi distracción, en donde ya empezaba a organizarse un paisaje delicioso, completo, a base de espinos y rosas salvajes, muy onírico, y me hizo levantar la cabeza, con las manos abiertas sobre la acera y las corvas tensas. Pero no era más que mi sombrero, planeando hacia mí, atravesando los aires, dando vueltas. Lo cogí y me lo puse. Muy correctos, ellos, con arreglo al código de su Dios. Hubieran podido guardar el sombrero, pero no era suyo, sino mío, y me lo devolvían. Pero el encanto se había roto.

 

¿Cómo describir el sombrero? ¿Y para qué? Cuando mi cabeza alcanzó sus dimensiones, no diré que definitivas, pero si máximas, mi padre me dijo, Ven, hijo mío, vamos a comprar tu sombrero, como si existiera desde el comienzo de los siglos, en un lugar preciso. Fue derecho al sombrero. Yo no tenía derecho a opinar, tampoco el sombrerero. Me he preguntado a menudo si mi padre no se propondría humillarme, si no tenía celos de mí, que era joven y guapo, en fin, rozagante, mientras que él era ya viejo e hinchado y violáceo. No se me permitiría, a partir de ese día concreto, salir descubierto, con mi hermosa cabellera castaña al viento. A veces, en una calle apartada, me lo quitaba y lo llevaba en la mano, pero temblando. Debía llevarlo mañana y tarde. Los chicos de mi edad, con quien a pesar de todo me veía obligado a retozar de vez en cuando, se burlaban de mí. Pero yo me decía, El sombrero es lo de menos, un mero pretexto para enredar sus impulsos, como el brote más, más impulsivo del ridículo, porque no son finos. Siempre me ha sorprendido la escasa finura de mis contemporáneos, a mí, cuya alma se retorcía de la mañana a la noche tan sólo para encontrarse. Pero quizá fuera una forma de amabilidad, como la de cachondearse del barrigón en sus mismísimas narices. Cuando murió mi padre hubiera podido liberarme del sombrero, nada me lo impedía, pero nada hice. Pero, ¿cómo describirlo? Otra vez, otra vez.

 

Me levanté y eché a andar. No sé qué edad podía tener entonces. Lo que acababa de suceder no tenía por qué grabarse en mi existencia. No fue ni la cuna ni la tumba de nada. Al contrario: se parecía a tantas otras cunas, a tantas otras tumbas, que me pierdo. Pero no creo exagerar diciendo que estaba en la flor de la edad, lo que se llama me parece la plena posesión de las propias facultades. Ah sí, poseerlas poseerlas, las poseía. Atravesé la calle y me volví hacia la casa que acababa de expulsarme, yo, que nunca me volvía, al marcharme. ¡Qué bonita era! Geranios en las ventanas. Me he inclinado sobre los geranios, durante años. Los geranios, qué astutos, pero acabé haciéndoles lo que me apetecía. La puerta de esta casa, aúpa sobre su minúscula escalinata, siempre la he admirado, con todas mis fuerzas. ¿Cómo describirla? Espesa, pintada de verde, y en verano se la vestía con una especie de funda a rayas verdes y blancas con un agujero por donde salía una potente aldaba de hierro forjado y una grieta que corresponde a la boca del buzón que una placa de cuero automático protegía del polvo, los insectos, las oropéndolas. Ya está. Flanqueada por dos pilastras del mismo color, en la de la derecha se incrusta el timbre. Las cortinas respiraban un gusto impecable. Incluso el humo que se elevaba de uno de los tubos de la chimenea, el de la cocina, parecía estirarse y disiparse en el aire con una melancolía especial, y más azul. Miré al tercero y último piso, mi ventana, impúdicamente abierta. Era justo el momento de la limpieza a fondo. En algunas horas cerrarían la ventana, descolgarían las cortinas y procederían a una pulverización de formol. Los conozco. A gusto moriría en esta casa. Vi, en una especie de visión, abrirse la puerta y salir mis pies.

 

Miraba sin rabia, porque sabía que no me espiaban tras las cortinas, como hubieran podido hacer, de apetecerles. Pero les conocía. Todos habían vuelto a sus nichos y cada uno se aplicaba en su trabajo.

Sin embargo no les había hecho nada.

 

Conocía mal la ciudad, lugar de mi nacimiento y de mis primeros pasos, en la vida, y después todos los demás que tanto han confundido mi rastro. ¡Si apenas salía! De vez en cuando me acercaba a la ventana, apartaba las cortinas y miraba fuera. Pero en seguida volvía al fondo de la habitación, donde estaba la cama. Me sentía incómodo, aplastado por todo aquel aire, y perdido en el umbral de perspectivas innombrables y confusas. Pero aún sabía actuar, en aquella época, cuando era absolutamente necesario. Pero primero levanté los ojos al cielo, de donde nos viene la célebre ayuda, donde los caminos no aparecen marcados, donde se vaga libremente, como en un desierto, donde nada detiene la vista, donde quiera que se mire, a no ser los límites mismos de la vista. Por eso levanto los ojos, cuando todo va mal, es incluso monótono pero soy incapaz de evitarlo, a ese cielo en reposo, incluso nublado, incluso plomizo, incluso velado por la lluvia, desde el desorden y la ceguera de la ciudad, del campo, de la tierra. De más joven pensaba que valdría la pena vivir en medio de la llanura, iba a la landa de Lunebourg. Con la llanura metida en la cabeza iba a la landa. Había otras landas más cercanas, pero una voz me decía, Te conviene la landa de Lunebourg, no me lo pensé dos veces. El elemento luna tenía algo que ver con todo eso. Pues bien, la landa de Lunebourg no me gustó nada, lo que se dice nada. Volví decepcionado, y al mismo tiempo aliviado. Sí, no sé por qué, no me he sentido nunca decepcionado, y lo estaba a menudo, en los primeros tiempos, sin a la vez, o en el instante siguiente, gozar de un alivio profundo.

 

Me puse en camino. Qué aspecto. Rigidez en los miembros inferiores, como si la naturaleza no me hubiera concedido rodillas, sumo desequilibrio en los pies a uno y otro lado del eje de marcha. El tronco, sin embargo, por el efecto de un mecanismo compensatorio, tenía la ligereza de un saco descuidadamente relleno de borra y se bamboleaba sin control según los imprevisibles tropiezos del asfalto. He intentado muchas veces corregir estos defectos, erguir el busto, flexionar la rodilla y colocar los pies unos delante de otros, porque tenía cinco o seis por lo menos, pero todo acababa siempre igual, me refiero a una pérdida de equilibrio, seguida de una caída. Hay que andar sin pensar en lo que se está haciendo, igual que se suspira, y yo cuando marchaba sin pensar en lo que hacía marchaba como acabo de explicar, y cuando empezaba a vigilarme daba algunos pasos bastante logrados y después caía. Decidí abandonarme. Esta torpeza se debe, en mi opinión, por lo menos en parte, a cierta inclinación especialmente exacerbada en mis años de formación, los que marcan la construcción del carácter, me refiero al período que se extiende, hasta el infinito, entre las primeras vacilaciones, tras una silla, y la clase de tercero, término de mi vida escolar. Tenía pues la molesta costumbre, habiéndome meado en el calzoncillo, o cagado, lo que me sucedía bastante a menudo al empezar la mañana, hacia las diez diez y media, de empeñarme en continuar y acabar así mi jornada, como si no tuviera importancia. La sola idea de cambiarme, o de confiarme a mamá que no buscaba sino mi bien, me resultaba intolerable, no sé por qué, y hasta la hora de acostarme me arrastraba, con entre mis menudos muslos, o pegado al culo, quemando, crujiendo y apestando, el resultado de mis excesos. De ahí esos movimientos cautos, rígidos y sumamente espatarrados, de las piernas, de ahí el balanceo desesperado del busto, destinado sin duda a dar el pego, a hacer creer que nada me molestaba, que me encontraba lleno de alegría y de energía, y a hacer verosímiles mis explicaciones a propósito de mi rigidez de base, que yo achacaba a un reumatismo hereditario. Mi ardor juvenil, en la medida en que yo disponía de tales impulsos, se agotó en estas manipulaciones, me volví agrio, desconfiado, un poco prematuramente, aficionado de los escondrijos y de la postura horizontal. Pobres soluciones de juventud, que nada explican. No hay por qué molestarse. Raciocinemos sin miedo, la niebla permanecerá.

 

Hacía buen tiempo. Caminaba por la calle, manteniéndome lo más cerca posible de la acera. La acera más ancha nunca es lo bastante ancha para mí, cuando me pongo en movimiento, y me horroriza importunar a desconocidos. Un guardia me detuvo y dijo, La calzada para los vehículos, la acera para los peatones. Parecía una cita del antiguo testamento. Subí pues a la acera, casi excusándome, y allí me mantuve, en un traqueteo indescriptible, por lo menos durante veinte pasos, hasta el momento en que tuve que tirarme al suelo, para no aplastar a un niño. Llevaba un pequeño arnés, me acuerdo, con campanillas, debía creerse un potro, o un percherón, por qué no. Le hubiera aplastado con gusto, aborrezco a los niños, además le hubiera hecho un favor, pero temía las represalias. Todos son parientes, y es lo que impide esperar. Se debía disponer, en las calles concurridas, una serie de pistas reservadas a estos sucios pequeños seres, para sus cochecitos, aros, biberones, patines, patinete, papás, mamás, tatas, globos, en fin toda su sucia pequeña felicidad. Caí pues y mi caída arrastró la de una señora anciana cubierta de lentejuelas y encajes y que debía pesar unos sesenta quilos. Sus alaridos no tardaron en provocar un tumulto. Confiaba en que se había roto el fémur, las señoras viejas se rompen fácilmente el fémur, pero no basta, no basta. Aproveché la confusión para escabullirme, lanzando imprecaciones ininteligibles, como si fuera yo la víctima, y lo era, pero no hubiera podido probarlo. Nunca se lincha a los niños, a los bebés, hagan lo que hagan son inocentes a priori. Yo los lincharía a todos con suma delicia, no digo que llegara a ponerles las manos encima, no, no soy violento, pero animaría a los demás y les pagaría una ronda cuando hubieran acabado. Pero apenas recuperé la zarabanda de mis coces y bandazos me detuvo un segundo guardia, parecidísimo al primero, hasta el punto de que me pregunté si no era el mismo. Me hizo notar que la acera era para todo el mundo, como si fuera evidente que a mí no se me podía incluir en tal categoría. ¿Desea usted, le dije, sin pensar un sólo instante en Heráclito, que descienda al arroyo? Baje si quiere, dijo, pero no ocupe todo el sitio. Apunté a su labio superior, que tenía por lo menos tres centímetros de alto, y soplé encima. Lo hice, creo, con bastante naturalidad, como el que, bajo la presión cruel de los acontecimientos, exhala un profundo suspiro. Pero no se inmutó. Debía estar acostumbrado a autopsias, o exhumaciones. Si es usted incapaz de circular como todo el mundo, dijo, debería quedarse en casa. Lo mismo pensaba yo. Y que me atribuyera una casa, mía, no tenía por qué molestarme. En ese momento acertó a pasar un cortejo fúnebre, como ocurre a veces. Se produjo una enorme alarma de sombreros al tiempo que un mariposear de miles y miles de dedos. Personalmente si me hubiera contentado con persignarme hubiera preferido hacerlo como es debido, comienzo en la nariz ombligo, tetilla izquierda, tetilla derecha. Pero ellos con sus roces precipitados e imprecisos, te hacen una especie de crucificado en redondo, sin el menor decoro, las rodillas bajo el mentón y las manos de cualquier manera. Los más entusiastas se inmovilizaron soltando algunos gemidos. El guardia, por su parte se cuadró, con los ojos cerrados, la mano en el kepi. En las berlinas del cortejo fúnebre entreveía gente departiendo animadamente, debían evocar escenas de la vida del difunto, o de la difunta. Me parece haber oído decir que el atavío del cortejo fúnebre no es el mismo en ambos casos, pero nunca he conseguido averiguar en qué consiste la diferencia. Los caballos chapoteaban en el barro soltando pedos como si fueran a la feria. No vi a nadie de rodillas.

 

Pero para nosotros todo va rápido, el último viaje, es inútil apresurarse, el último coche nos deja, el del servicio, se acabó la tregua, las gentes reviven, ojo. De forrna que me detuve por tercera vez, por decisión propia, y tomé un coche. Los que acababa de ver pasar, atestados de gente que departía animadamente debieron impresionarme poderosamente. Es una caja negra grande, se bambolea sobre sus resortes, las ventanas son pequeñas, se acurruca uno en un rincón, huele a cerrado. Noto que mi sombrero roza el techo. Un poco después me incliné hacia delante y cerré los cristales. Después recuperé mi sitio, de espaldas al sentido de la marcha. Iba a adormecerme cuando una voz me sobresaltó, la del cochero. Había abierto la portezuela, renunciando sin duda a hacerse oír a través del cristal. Sólo veía sus bigotes. ¿Adónde?, dijo. Había bajado de su asiento exclusivamente para decirme esto. ¡Y yo que me creía ya lejos! Reflexioné, buscando en mi memoria el nombre de una calle, o de un monumento. ¿Tiene usted el coche en venta?, dije. Añadí, Sin el caballo. ¿Qué haría yo con un caballo? ¿Y qué haría yo con un coche? ¿Podría al menos tumbarme? ¿Quién me traería la comida? Al Zoo, dije. Es raro que no haya Zoo en una capital. Añadí, No vaya usted muy de prisa. Se rió. La sola idea de poder ir al Zoo demasiado aprisa parecía divertirle. A menos que no fuera la perspectiva de encontrarse sin coche. A menos que fuera simplemente yo, mi persona, cuya presencia en el coche debía metamorfosearlo, hasta el punto de que el cochero, al verme con la cabeza en las sombras del techo y las rodillas contra el cristal, había llegado quizá a preguntarse si aquél era realmente su coche, si era realmente un coche. Echa rápido una mirada al caballo, se tranquiliza. Pero ¿sabe uno mismo alguna vez por qué ríe? Su risa de todas formas fue breve, lo que parecía ponerme fuera del caso. Cerró de nuevo la portezuela y subió otra vez al pescante. Poco después el caballo arrancó.

 

Pues sí, tenía aún un poco de dinero en aquella época. La pequeña cantidad que me dejara mi padre, como regalo, sin condiciones, a su muerte, aún me pregunto si no me la robaron. Muy pronto me quedé sin nada. Mi vida no por eso se detuvo, continuaba, e incluso tal y como yo la entendía, hasta cierto punto. El gran inconveniente de esta situación, que podía definirse como la imposibilidad absoluta de comprar, consiste en que le obliga a uno a espabilarse. Es raro, por ejemplo, cuando realmente no hay dinero, conseguir que le traigan a uno algo de comer, de vez en cuando, al cuchitril. No hay más remedio entonces que salir y espabilarse, por lo menos un día a la semana. No se tiene domicilio en esas condiciones, es inevitable. De ahí que me enterara con cierto retraso de que me estaban buscando, para un asunto que me concernía. Ya no me acuerdo por qué conducto. No leía los periódicos y tampoco tengo idea de haber hablado con alguien, durante estos años, salvo quizás tres o cuatro veces, por una cuestión de comida. En fin algo debió llegarme, de un modo o de otro si no no me hubiera presentado nunca al Comisario Nidder, hay nombres que no se olvidan, es curioso, y él no me hubiera recibido nunca. Comprobó mi identidad. Esto le llevó un buen rato. Le enseñé mis iniciales de metal en el interior del sombrero, no probaban nada pero limitaban al menos las posibilidades. Firme, dijo. Jugaba con una regla cilíndrica, con la que se hubiera podido matar un buey. Cuente, dijo. Una mujer joven, quizá en venta, asistía a la conversación, en calidad de testigo sin duda. Me metí el fajo en el bolsillo. Se equivoca, dijo. Tenía que haberme pedido que los contara antes de firmar, pensé, hubiera sido más correcto. ¿Dónde le puedo encontrar, dijo, si llega el caso? Al bajar las escaleras pensaba en algo. Poco después volvía a subir para preguntarle de dónde me venía ese dinero, añadiendo que tenía derecho a saberlo. Me dijo un nombre de mujer, que he olvidado. Quizá me había tenido sobre sus rodillas cuando yo estaba aún en pañales y le había hecho carantoñas. A veces basta con eso. Digo bien, en pañales, porque más tarde hubiera sido demasiado tarde, para las carantoñas. Gracias pues a este dinero tenía todavía un poco. Muy poco. Si pensaba en mi vida futura era como si no existiera, a menos que mis previsiones pecaran de pesimistas. Golpeé contra el tabique situado junto a mi sombrero, en la misma espalda del cochero si había calculado bien. Una nube de polvo se desprendió de la guata del forro. Cogí una piedra del bolsillo y golpeé con la piedra, hasta que el coche se detuvo. Noté que no se produjo aminoración de la marcha, como acusan la mayoría de los vehículos, antes de inmovilizarse. No, se paró en seco. Esperaba. El coche vibraba. El cochero, desde la altura del pescante, debía estar escuchando. Veía el caballo como si lo tuviera delante. No había tomado la actitud de desánimo que tomaba en cada parada, hasta en las más breves, atento, las orejas en alerta. Miré por la ventana, estábamos de nuevo en movimiento. Golpeé de nuevo el tabique, hasta que el coche se detuvo de nuevo. El cochero bajó del pescante echando pestes. Bajé el cristal para que no se le ocurriera abrir la portezuela. Más de prisa, más de prisa. Estaba más rojo, violeta diría yo. La cólera, o el viento de la carrera. Le dije que lo alquilaba por toda la jornada. Respondió que tenía un entierro a las tres. Ah los muertos. Le dije que ya no quería ir al Zoo. Ya no vamos al Zoo, dije. Respondió que no le importaba adónde fuéramos, a condición de que no fuera muy lejos, por su animal. Y se nos habla de la especificidad del lenguaje de los primitivos. Le pregunté si conocía un restaurante. Añadí, Comerá usted conmigo Prefiero estar con un parroquiano, en esos sitios. Había una larga mesa con una banqueta a cada lado de la misma longitud exactamente. A través de la mesa me habló de su vida, de su mujer, de su animal, después otra vez de su vida, de la vida atroz que era la suya, a causa sobre todo de su carácter. Me preguntó si me daba cuenta de lo que eso significaba, estar siempre a la intemperie. Me enteré de que aún existían cocheros que pasaban la jornada bien calentitos en sus vehículos estacionados, esperando que el cliente viniera a despertarlos. Esto podía hacerse en otra época, pero hoy había que emplear otros métodos, si se pretendía aguantar hasta finalizar sus días. Le describí mi situación, lo que había perdido y lo que buscaba. Hicimos los dos lo que pudimos, para comprender, para explicar. Él comprendía que yo había perdido mi habitación y que necesitaba otra, pero todo lo demás se le escapaba. Se le había metido en la cabeza, y no hubo modo de sacárselo, que yo andaba buscando una habitación amueblada. Sacó del bolsillo un periódico de la tarde de la víspera, o quizá de la antevíspera, y se impuso el deber de recorrer los anuncios por palabras, subrayando cinco o seis con un minúsculo lapicillo, el mismo que temblaba sobre los futuros agraciados de un sorteo. Subrayaba sin duda los que hubiera subrayado de encontrarse en mi lugar o quizás los que se remitían al mismo barrio, por su animal. Sólo hubiera conseguido confundirle si le dijera que no admitía, en cuanto a muebles, en mi habitación, más que la cama, y que habría que quitar todos los demás, la mesilla de noche incluida, antes de que yo consintiera poner los pies en el cuarto. Hacia las tres despertamos el caballo y nos pusimos de nuevo en marcha. El cochero me propuso subir al pescante a su lado, pero desde hacía un rato acariciaba la idea de instalarme en el interior del coche y volví a ocupar mi sitio. Visitamos, una tras otra, con método supongo, las direcciones que había subrayado. La corta jornada de invierno se precipitaba hacia el fin. Me parece a veces que son éstas las únicas jornadas que he conocido, y sobre todo este momento más encantador que ninguno que precede al primer pliegue nocturno. Las direcciones que había subrayado, o más bien marcado con una cruz, como hace la gente del pueblo, las tachaba, con un trago diagonal, a medida que se revelaban inconvenientes. Me enseñó el periódico más tarde, obligándome a guardarlo yo entre mis cosas, para estar seguro de no buscar otra vez donde ya habíamos buscado en vano. A pesar de los cristales cerrados, los chirridos del coche y el ruido de la circulación, le oía cantar, completamente solo en lo alto de su alto pescante. Me había preferido a un entierro, era un hecho que duraría eternamente. Cantaba. Ella está lejos del país donde duerme su joven héroe, son las únicas palabras que recuerdo. En cada parada bajaba de su asiento y me ayudaba a bajar del mío. Llamaba a la puerta que él me indicaba y a veces yo desaparecía en el interior de la casa. Me divertía, me acuerdo muy bien, sentir de nuevo una casa a mi alrededor, después de tanto tiempo. Me esperaba en la acera y me ayudaba a subir de nuevo al coche. Empecé a hartarme del cochero. Trepaba al pescante y nos poníamos en marcha otra vez. En un momento dado se produjo lo siguiente. Se detuvo. Sacudí mi somnolencia y articulé una postura, para bajar. Pero no vino a abrir la portezuela y a ofrecerme el brazo, de modo que tuve que bajar solo. Encendía las linternas. Me gustan las lámparas de petróleo, a pesar de que son, con las velas, y si exceptúo los astros, las primeras luces que conocí. Le pregunté si me dejaba encender la segunda linterna, puesto que él había encendido ya la primera. Me dio su caja de cerillas, abrió el pequeño cristal abombado montado sobre bisagras, encendí y cerré en seguida, para que la mecha ardiera tranquila y clara, calentita en su casita, al abrigo del viento. Tuve esta alegría. No veíamos nada, a la luz de las linternas, apenas vagamente los volúmenes del caballo, pero los demás les veían de lejos, dos manchas amarillas lentamente sin amarras flotando. Cuando los arreos giraban se veía un ojo, rojo o verde según los casos, rombo abombado límpido y agudo como en una vidriera.

 

Cuando verificamos la última dirección el cochero me propuso presentarme en un hotel que conocía, en donde yo estaría bien. Es coherente, cochero, hotel es verosímil. Recomendado por él no me faltaría nada. Todas las comodidades, dijo, guiñando un ojo. Sitúo esta conversación en la acera, ante la casa de la que yo acababa de salir. Recuerdo, bajo la linterna, el flanco hundido y blando del caballo y sobre la portezuela la mano del cochero, enguantada en lana. Mi cabeza estaba más alta que el techo del coche. Le propuse tomar una copa. El caballo no había bebido ni comido en todo el día. Se lo hice notar al cochero que me respondió que su caballo no se repondría hasta que volviera a la cuadra. Cualquier cosa que tomara, aunque sólo fuera una manzana o un terrón de azúcar, durante el trabajo, le produciría dolores de vientre y cólicos que le impedirían dar un paso y que incluso podrían matarlo. Por eso se veía obligado a atarle el hocico, con una correa, cada vez que por una razón o por otra debía dejarle solo, para que no enterneciera el buen corazón de los transeúntes. Después de algunas copas el cochero me rogó que les hiciera el honor, a él y a su mujer, de pasar la noche en su casa. No estaba lejos. Reflexionando, con la célebre ventaja del retraso, creo que no había hecho, ese día, sino dar vueltas alrededor de su casa. Vivían encima de una cochera, al fondo de un patio. Buena situación, yo me habría contentado. Me presentó a su mujer, increíblemente culona, y nos dejó. Ella estaba incómoda, se veía, a solas conmigo. La comprendía, yo no me incomodo en estos casos. No había razones para que acabara o continuara. Pues que acabe entonces. Dije que iba a bajar a la cochera a acostarme. El cochero protestó. Insistí. Atrajo la atención de su mujer sobre una pústula que tenía yo en la coronilla, me había quitado el sombrero, por educación. Hay que procurar quitar eso, dijo ella. El cochero nombró un médico a quien tenía en gran estima y que le había curado de un quiste en el trasero. Si quiere acostarse en la cochera, dijo la mujer, que se acueste en la cochera. El cochero cogió la lámpara de encima de la mesa y me precedió en la escalera que bajaba a la cochera, era más bien una escalerilla, dejando a su mujer en la oscuridad. Extendió en el suelo, en un rincón, sobre la paja, una manta de caballo, y me dejó una caja de cerillas, para el caso de que tuviera necesidad de ver claro durante la noche. No me acuerdo lo que hacía el caballo entretanto. Tumbado en la oscuridad oía el ruido que hacía al beber, es muy curioso, el brusco corretear de las ratas y por encima de mí las voces mitigadas del cochero y su mujer criticándome. Tenía en la mano la caja de cerillas, una sueca tamaño grande. Me levanté en la noche y encendí una. Su breve llama me permitió descubrir el coche. Ganas me entraron, y me salieron, de prender fuego a la cochera. Encontré el coche en la oscuridad, abrí la portezuela, salieron ratas, me metí dentro. Al instalarme noté en seguida que el coche no estaba en equilibrio, estaba fijo, con los timones descansando en el suelo. Mejor así, esto me permitía tumbarme a gusto, con los pies más altos que la cabeza en la banqueta de enfrente. Varias veces durante la noche sentí que el caballo me miraba por la ventanilla, y el aliento de su hocico. Desatalajado debía encontrar extraña mi presencia en el coche. Yo tenía frío, olvidé coger la manta, pero no lo bastante como para levantarme a buscarla. Por lo ventanilla del coche veía la de la cochera, cada vez mejor. Salí del coche. Menos oscuridad en la cochera, entreveía el pesebre, el abrevadero, el arnés colgado, qué más, cubos y cepillos. Fui a la puerta pero no pude abrirla. El caballo me seguía con la mirada. ¿Así que los caballos no duermen nunca? Pensaba que el cochero tenía que haberle atado, al pesebre por ejemplo. Me vi, pues, obligado a salir por la ventana. No fue fácil. Y, ¿qué es fácil? Pasé primero la cabeza, tenía las palmas de las manos sobre el suelo del patio mientras las caderas seguían contorneándose, prisioneras del marco de la ventana. Me acuerdo del manojo de hierba que arranqué con las dos manos, para liberarme.

 

Tenía que haberme quitado el abrigo y tirarlo por la ventana, pero no se puede estar en todo. En cuanto salí del patio pensé en algo. La fatiga. Deslicé un billete en la caja de cerillas, volví al patio y puse la caja en el reborde de la ventana por la que acababa de salir. El caballo estaba en la ventana. Pero después de dar unos pasos por la calle volví al patio y recuperé mi billete. Dejé las cerillas, no eran mías. El caballo seguía en la ventana. Estaba hasta aquí del caballo. El alba asomaba débilmente. No sabía dónde estaba. Tomé la dirección levante, supongo, para asomarme cuanto antes a la luz. Hubiera querido un horizonte marino, o desértico. Cuando salgo, por la mañana, voy al encuentro del sol, y por la noche, cuando salgo, lo sigo, casi hasta la mansión de los muertos. No sé por qué he contado esta historia. Igual podía haber contado otra. Por mi vida, veréis cómo se parecen.


 

El final

 

Me vistieron y me dieron dinero. Yo sabía para qué iba a servir el dinero, iba a servir para ponerme de patitas en la calle. Cuando lo hubiera gastado debería procurarme más, si quería continuar. Lo mismo los zapatos, cuando estuvieran usados debería ocuparme de que los arreglaran, o continuar descalzo, si quería continuar. Lo mismo la chaqueta y el pantalón, no necesitaban decírmelo, salvo que yo podría continuar en mangas de camisa, si quería. Las prendas—zapatos, calcetines, pantalón, camisa, chaqueta y sombrero—no eran nuevas, pero el muerto debía ser poco más o menos de mi talla. Es decir que él debió ser un poco menos alto que yo, un poco menos grueso, porque las prendas no me venían tan bien al principio como al final. Sobre todo la camisa, durante mucho tiempo no podía cerrarme el cuello, ni por consiguiente alzar el cuello postizo, ni recoger los faldones, con un imperdible, entre las piernas, como mi madre me había enseñado. Debió endomingarse para ir a la consulta, por primera vez quizá, no pudiendo más. Sea como fuere, el sombrero era hongo, en buen estado. Dije, Tengan su sombrero y devuélvanme el mío. Añadí, Devuélvanme mi abrigo. Respondieron que lo habían quemado, con mis demás prendas. Comprendí entonces que acabaría pronto, bueno, bastante pronto. Intenté a continuación cambiar el sombrero por una gorra, o un fieltro que pudiera doblarse sobre la cara, pero sin mucho éxito. Pero yo no podía pasearme con la cabeza al aire, en vista del estado de mi cráneo. El sombrero era en principio demasiado pequeño, pero luego se acostumbró. Me dieron una corbata, después de largas discusiones. Me parecía bonita, pero no me gustaba. Cuando llegó por fin estaba demasiado fatigado para devolverla. Pero acabó por serme útil. Era azul, como con estrillas. Yo no me sentía bien, pero me dijeron que estaba bastante bien. No dijeron expresamente que nunca estaría mejor que ahora, pero se sobreentendía. Yacía inerte sobre la cama e hicieron falta tres mujeres para quitarme los pantalones. No parecían interesarse mucho por mis partes que a decir verdad nada tenían de particular. Tampoco yo me interesaba mucho. Pero hubieran podido decir cualquier cosita. Cuando acabaron me levanté y acabé de vestirme solo. Me dijeron que me sentara en la cama y esperara. Toda la ropa de cama había desaparecido. Me indignaba el hecho de que no hubieran permitido esperar en el lecho familiar y no así de pie, en el frío, en estas ropas que olían a azufre. Dije, Me podían, haber dejado en mi cama hasta el último momento.

 

Entraron hombres con batas, con mazos en la mano. Desmontaron la cama y se llevaron las piezas. Una de las mujeres les siguió y volvió con una silla que colocó ante mí. Había hecho bien en mostrarme indignado. Pero para demostrarles hasta qué punto estaba indignado por no haberme dejado en mi cama mandé la silla a hacer puñetas de una patada. Un hombre entró y me hizo una seña para que le siguiera. En el vestíbulo me dio un papel para firmar. ¿Qué es esto, dije, un salvoconducto? Es un recibo, dijo, por la ropa y el dinero que ha recibido usted. ¿Qué dinero? Dije. Fue entonces cuando recibí el dinero. Pensar que había estado a punto de marcharme sin un céntimo en el bolsillo. La cantidad no era grande, comparada con otras cantidades, pero a mí me parecía grande. Veía los objetos familiares, compañeros de tantas horas soportables. El taburete, por ejemplo, íntimo como el que más. Las largas tardes juntos, esperando la hora de irme a la cama. Por un momento sentí que me invadía su vida de madera hasta no ser yo mismo más que un viejo pedazo de madera. Había incluso un agujero para mi quiste. Después en el cristal el sitio en donde se había raspado el esmalte y por donde en las horas de congoja yo deslizara la vista, y rara vez en vano. Se lo agradezco mucho, dije, ¿hay una ley que le impide echarme a la calle, desnudo y sin recursos? Eso nos perjudicada, a la larga, respondió él. No hay medio de que me admitan todavía un poco, dije, yo podía ser útil. Útil, dijo, ¿de verdad estaría dispuesto a ser útil? Después de un momento continuó, Si le creyeran a usted realmente dispuesto a ser útil, le admitirían, estoy seguro. Cuántas veces había dicho que iba a ser útil, no iba a empezar otra vez. ¡Qué débil me sentía! Este dinero, dije, quizá quieran recuperarlo y cobijarme todavía un poco. Somos una institución de caridad, dijo, y el dinero es un regalo que le hacemos cuando se va. Cuando lo haya gastado debe procurarse más, si quiere continuar. No vuelva nunca aquí pase lo que pase, porque ya no le admitiríamos. Nuestras sucursales le rechazarían igualmente. ¡Exelmans! exclamé. Vamos, vamos, dijo, además no se le entiende ni la décima parte de lo que dice. Soy tan viejo, dije. No tanto, dijo. ¿Me permite que me quede aquí un momentito, dije, hasta que cese la lluvia? Puede usted esperar en el claustro, dijo, la lluvia no cesará en todo el día. Puede usted esperar en el claustro hasta las seis, ya oirá la campana. Si le preguntan no tiene más que decir que tiene usted permiso para guarecerse en el claustro. ¿Qué nombre debo decir?, dije. Weir, dijo.

 

No llevaba mucho tiempo en el claustro cuando la lluvia cesó y el sol apareció. Estaba bajo y deduje que serían cerca de las seis, teniendo en cuenta la época del año. Me quedé allí mirando bajo la bóveda el sol que se ponía tras el claustro. Apareció un hombre y me preguntó qué hacía. ¿Qué desea? eso dijo. Muy amable. Respondí que tenía permiso del señor Weir para quedarme en el claustro hasta las seis. Se fue, pero volvió en seguida. Debió hablar con el señor Weir en el intervalo, porque dijo, No debe usted quedarse en el claustro ahora que ya no llueve.

 

Ahora avanzaba a través del jardín. Había esa luz extraña que cierra una jornada de lluvia persistente, cuando el sol aparece y el cielo se ilumina demasiado tarde para que sirva ya para algo. La tierra hace un ruido como de suspiros y las últimas gotas caen del cielo vaciado y sin nubes. Un niño, tendiendo las manos y levantando la cabeza hacia el cielo azul, preguntó a su madre cómo era eso posible. Vete a la mierda, dijo ella. Me acordé de pronto que había olvidado pedir al señor Weir un pedazo de pan. Seguramente me lo hubiera dado. Lo pensé, durante nuestra conversación, en el vestíbulo. Me decía, Acabemos primero lo que nos estamos diciendo, luego se lo preguntaré. Yo sabía perfectamente que no me readmitirían. A gusto hubiera desandado el camino, pero temía que uno de los guardianes me detuviera diciéndome que nunca volvería a ver al señor Weir. Lo que hubiera aumentado mi pesar. Por otra parte no me volvía nunca en esos casos.

En la calle me encontraba perdido. Hacía mucho tiempo que no había puesto los pies en esta parte de la ciudad y la encontré muy cambiada. Edificios enteros habían desaparecido, las empalizadas habían cambiado de sitio y por todas partes veía en grandes letras nombres de comerciantes que no había visto en ninguna parte y que incluso me hubiera costado pronunciar. Había calles que no recordaba haber visto en su actual emplazamiento, entre las que recordaba varias habían desaparecido y por último otras habían cambiado completamente de nombre. La impresión general era la misma de antaño. Es verdad que conocía muy mal la ciudad. Era quizás una ciudad completamente distinta. No sabía dónde se suponía que debía ir lógicamente. Tuve la enorme suerte, varias veces, de evitar que me aplastaran. Estaba siempre dispuesto a reír, con esa risa sólida y sin malicia que tan buena es para la salud. A fuerza de conservar el lado rojo del cielo lo más posible a mi derecha llegué por fin al río. Allí todo parecía, a primera vista, más o menos tal y como lo había dejado. Pero mirando con más atención hubiera descubierto muchos cambios sin duda. Eso hice más tarde. Pero el aspecto general del río, fluyendo entre sus muelles y bajo sus puentes, no había cambiado. El río en particular me daba la impresión, como siempre, de correr en el mal sentido. Todo esto son mentiras, me doy perfecta cuenta. Mi banco estaba aún en su sitio. Se le había excavado según la forma del cuerpo sentado. Se encontraba junto a un abrevadero, regalo de una tal señora Maxwell a los caballos de la ciudad, conforme la inscripción. Durante el tiempo que me quedé allí varios caballos sacaron provecho del regalo. Oía los hierros y el clic clac del arnés. Después el silencio. Era el caballo quien me miraba. Después el ruido de guijarros arrastrados en el barro que hacen los caballos al beber. Después otra vez el silencio. Era el caballo quien me miraba otra vez. Después otra vez los guijarros. Después otra vez el silencio. Hasta que el caballo hubo acabado de beber o el carretero consideró que había bebido suficiente. Los caballos no estaban tranquilos. Una vez, cuando cesó el ruido, me volví y vi el caballo que me miraba. El carretero también me miraba. La señora Maxwell se hubiera puesto muy contenta si hubiera podido ver a su abrevadero prestar tales servicios a los caballos de la ciudad. Llegada la noche, después de un crepúsculo muy largo, me quité el sombrero que me hacía daño. Deseaba estar otra vez encerrado, en un sitio hermético, vacío y caliente, con luz artificial una lámpara de petróleo a ser posible, cubierta con una pantalla rosa preferentemente. Vendría alguien de vez en cuando a asegurarse que me encontraba bien y no necesitaba nada. Hacía mucho tiempo que no había tenido verdaderas ganas de algo y el efecto sobre mí fue horrible.

 

En los días siguientes visité varios inmuebles, sin mucho éxito. Normalmente me cerraban la puerta en las narices, incluso cuando enseñaba mi dinero, diciendo que pagaría una semana por adelantado, o incluso dos. Ya podía yo exhibir mis mejores maneras, sonreír y hablar con toda precisión, no había acabado aún con mis cumplidos cuando me cerraban la puerta en las narices. Perfeccioné en esta época una forma de descubrirme a la vez digna y cortés, sin bajeza ni insolencia. Hacía deslizar ágilmente mi sombrero hacia delante, lo mantenía un momento colocado de tal forma que no se podía ver mi cráneo, después con el mismo deslizamiento lo volvía a poner en su sitio. Hacer esto con naturalidad, sin provocar una impresión desagradable, no es fácil. Cuando consideraba que bastaría con tocarme el sombrero, naturalmente me limitaba a tocarme el sombrero. Pero tocarse el sombrero no es fácil tampoco. Más tarde resolví el problema, de capital importancia en las épocas difíciles, llevando un viejo kepí británico y saludando a lo militar, no, falso, en fin, no lo sé, conservaba mi sombrero después de todo. Jamás cometí la falta de lleva medallas. Ciertas mujeres tenían tanta necesidad de dinero que me dejaban pasar en seguida y me enseñaban la habitación. Pero no pude entenderme con ninguna. Finalmente conseguí alojarme en un sótano. Con aquella me entendí rápidamente. Mis fantasías, ese término empleó, no le daban miedo. Insistió si embargo en hacer la cama y limpiar la habitación un vez por semana, en lugar de una vez al mes, como yo le había pedido. Me dijo que durante la limpieza, que sería rápida, podría esperar en el patinillo de al lado. Añadió, con mucha comprensión, que nunca me echaría con mal tiempo. Aquella mujer era griega, creo, o turca. Nunca hablaba de sí misma. Yo tenía en la cabeza que era viuda o al menos abandonada. Tená un acento extraño. Y yo también, a fuerza de asimilar las vocales y suprimir las consonantes.

Ahora ya no sabía dónde estaba, tenía una vaga imagen, ni siquiera, no veía nada, de una enorme casa de cinco o seis pisos. Me parecía que formaba cuerpo con otras casas. Llegué al crepúsculo y no presté a los alrededores la atención que quizá les hubiera dedicado de sospechar que iban a cerrarse sobre mí. No debía por decirlo así esperar más. Es cierto que cuando salí de esta casa hacía un tiempo radiante, pero yo no miraba nunca hacia atrás al irme. Debí leerlo en alguna parte, cuando era pequeño y todavía leía, que valía más no volver la cabeza al marcharse. Y sin embargo me sorprendía haciéndolo. Pero incluso sin contar con esto me parece que debí ver algo al irme. ¿Pero el qué? Recuerdo solamente mis pies que salían de mi sombra uno tras otro. Los zapatos se habían resquebrajado y el sol acusaba las grietas del cuero.

 

Estaba bien en esta casa, debo decirlo. Aparte algunas ratas estaba solo en el sótano. La mujer observaba nuestra convivencia lo mejor posible. Traía hacia mediodía una bandeja llena de comida y se llevaba el de la víspera. Traía al mismo tiempo una palangana limpia. Tenía un asa enorme por donde metía el brazo, conservando así las dos manos libres para llevar la bandeja. Después ya no la veía sino por azar cuando asomaba la cabeza para asegurarse de que no había ocurrido nada. No necesitaba afecto afortunadamente. Desde mi cama veía los pies que iban y venían por la acera. Ciertas tardes, cuando hacía buen tiempo y me sentía con ánimos, me iba con la silla al patinillo y miraba entre las faldas de las que pasaban. Más de una pierna se me hizo así familiar. Una vez mandé a buscar una cebolla azafranada y la planté en el patinillo sombrío, en un bote viejo. Debía ser por primavera, no eran las condiciones óptimas probablemente. Dejé el bote fuera, atado a un cordel que pasaba por la ventana. Por la tarde, cuando hacía buen tiempo, un hilo de luz trepaba a lo largo del muro. Me instalaba entonces frente a la ventana y tiraba del cordel, para mantener el bote a la luz, y al calor. No debía ser muy cómodo, no acabo de entender cómo me las arreglaba. No eran las condiciones óptimas probablemente. Reverdeció, pero nunca tuvo flores, apenas un tallo macilento provisto de hojas cloróticas. Me hubiera alegrado tener un azafrán amarillo o un jacinto, pero la cosa es que no iba a cumplirse. Ella quería llevárselo, pero yo le dije que lo dejara. Quería comprarme otro, pero le dije que no quería otro. Lo que más me crispaba eran los gritos de los vendedores de periódicos. Pasaban corriendo todos los dias, gritando el nombre de los periódicos e incluso las noticias sensacionales. Los ruidos que venían de la casa me crispaban menos. Una niña, ¿o era un niño? cantaba todas las tardes a la misma hora en algún lugar encima de mí. Durante mucho tiempo no consegui coger las palabras. Extrañas palabras para una niña, o un niño. ¿Era una canción de mi espiritu, o venía sencillamente de fuera? Era una especie de nana, me parece. A mí me dormía a menudo. Era a veces una niña la que venía. Tenía largos cabellos rojos que colgaban en dos trenzas. No sabía quién era. Correteaba un poco por la habitación, después se iba sin haberme dirigido la palabra. Un día recibi la visita de una agente de policia. Dijo que estaba bajo vigilancia, sin explicarme por qué. Equívoco, eso es, me dijo que yo era equívoco. Le dejé hablar. No se atrevía a detenerme. O quizá fuera buena persona. Un cura también, un día recibí la visita de un cura. Le informé que pertenecía a una rama de la iglesia reformada. Me preguntó qué clase de pastor me gustaría ver. Se condena uno, en la iglesia reformada, sin remedio. Era quizá buena persona. Me dijo que le avisara si alguna vez necesitaba un servicio. ¡Un servicio! Se presentó y me explicó dónde podría encontrarle. Debería haberlo apuntado.

 

Un día la mujer me hizo una proposición. Dijo que tenía necesidad urgente de dinero en metálico y que si yo podía proporcionarle un adelanto de seis meses me reduciría el alquiler del cuarto durante este período. No creo que me equivoque mucho. Esto tenía la ventaja de hacerme ganar seis semanas (?) de estancia y el inconveniente de agotar casi todo mi pequeño capital. Pero ¿se podía llamar a esto un inconveniente? ¿No me iba a quedar de todas formas hasta el último céntimo, y más allá aún, hasta que ella me echara? Le di el dinero y me hizo un recibo.

Una mañana, poco después de la transacción, me despertó un hombre que me sacudía por el hombro. No podían ser más de las once. Me rogó que me levantara y abandonara su casa inmediatamente. Era muy pulcro, debo decirlo. Me dijo que su extrañeza sólo encontraba parangón con la mía. Era su casa. Su patrimonio. La turca se había marchado la víspera. Pero si la he visto anoche, dije. Debe estar usted en un error, dijo, porque me llevó las llaves, a mi oficina, ayer por la mañana lo más tarde. Pero si acabo de entregarle un anticipo de seis meses de alquiler, dije. Que se lo devuelva, dijo. Pero si ignoro su nombre, dije, por no hablar de sus señas. ¿Ignora usted su nombre? dijo. Debió creer que mentía. Estoy enfermo, dije, no puedo marcharme así sin previo aviso. No es para tanto, dijo. Propuso ir a buscar un taxi, o una ambulancia, si prefería. Dijo que necesitaba la habitación, inmediatamente, para su cerdo, cogiendo frío en una carretilla, ante la puerta, y vigilado únicamente por un chaval que ni siquiera conocía y que estaría probablemente haciéndole picias. Pregunté si no me podría ceder otro sitio, apenas un rincón donde poder tumbarme, el tiempo de sobreponerme y de tomar mis disposiciones. Dijo que no podía. No es que sea mala persona, añadió. Podría vivir aquí con el cerdo, dije, me ocuparía de él. ¡Largos meses de calma, deshechos en un instante! Calma, calma, dijo, no se abandone, ale, hop, de pie, basta. Después de todo aquello no le importaba. Había sido realmente paciente. Debió visitar el sótano mientras yo dormía.

 

Me sentía débil. Debía estarlo. La luz resplandeciente me aturdía. Un autobús me transportó, al campo. Me senté en un prado, al sol. Pero me parece que esto era mucho más tarde. Dispuse hojas bajo mi sombrero en círculo, para procurarme sombra. Acabé por encontrar un montón de estiércol. Al día siguiente reemprendí el camino de la ciudad. Me obligaron a bajarme de tres autobuses. Me senté al borde de la carretera, al sol, y me sequé la ropa. Me gustaba. Me decía, Nada, nada que hacer ahora hasta que esté seca. Cuando estuvo seca la cepillé con un cepillo, una especie de almohaza me parece, que encontré en un establo. Los establos me han resultado siempre acogedores. Después me llegué hasta la casa en donde mendigué un vaso de leche y pan con mantequilla. ¿Puedo descansar en el establo? dije. No, dijeron. Yo apestaba aún, pero con una fetidez que me agradaba. La prefería con mucho a la mía, que se ocultaba ahora bajo la nueva hediondez, sintiéndola sólo a vaharadas. En los días siguientes traté de recuperar mi dinero. No sé exactamente cómo sucedió, si es que no pude encontrar la dirección, o si la dirección no existía, o si la griega ya no estaba allí. Busqué el recibo en mis bolsillos, para intentar descifrar el nombre. No estaba. Ella lo había recuperado quizá mientras yo dormía. No sé durante cuánto tiempo circulé así, descansando unas veces en un sitio, otras en otro, en la ciudad y en el campo. La ciudad había sufrido cambios. El campo tampoco era ya como lo recordaba. El efecto general era el mismo. Un día vi a mi hijo. Con una cartera bajo el brazo apresuraba el paso. Se quitó el sombrero y se inclinó y vi que era calvo como un huevo. Estaba casi seguro de que era él. Me volví para seguirle con la mirada. Avanzaba a toda marcha, con sus andares de pato, ofreciendo a derecha y a izquierda saludos con el sombrero y otras muestras de servilismo. El insoportable hijo de puta.

 

Un día encontré a un hombre que conociera en época anterior. Vivía en una caverna al borde del mar. Tenía un burro que trotaba por el acantilado, o en los minúsculos senderos agrietados que descienden hacia el mar. Cuando hacía muy mal tiempo el burro entraba con su amo en la caverna y allí se abrigaba, mientras duraba la tempestad. Habían pasado muchas noches juntos, apretados el uno contra el otro, mientras el viento bramaba y el mar azotaba la playa. Gracias al burro podía abastecer de arena, de algas y de conchas a los habitantes de la ciudad, para sus jardincillos. No podía transportar mucha cantidad de una vez, porque el burro era viejo, pequeño también, y la ciudad estaba lejos. Pero ganaba así un poco de dinero, lo suficiente para comprar tabaco y cerillas y de vez en cuando una libra de pan. Fue en una de sus salidas cuando me encontró, en los suburbios. Estaba encantado de volver a verme, el pobre. Me suplicó que le acompañara a su casa y pasara allí la noche. Quédate todo el tiempo que quieras, dijo. ¿Qué le pasa a tu burro? dije. No le hagas caso, dijo, es que no te conoce. Le recordé que no tenía costumbre de quedarme con nadie más de dos o tres minutos seguidos y que me horrorizaba el mar. Parecía abrumado. Entonces no vienes, dijo. Pero ante mi propia extrañeza me monté en el burro y arre, a la sombra de los castaños que brotaban con furia de la acera. Me agarré a las vértebras de la cerviz, una mano luego otra. Los niños nos abucheaban y nos tiraban piedras, pero apuntaban mal porque sólo me alcanzaron una vez, en el sombrero. Un guardia nos detuvo, y nos acusó de turbar el orden público. Mi amigo le recordó que éramos tal y como la naturaleza había acabado por hacernos y que los niños estaban en el mismo caso. Era inevitable, en esas condiciones, que el orden público resultara turbado de vez en cuando. Déjenos continuar nuestro camino, dijo, y el orden se reestablecerá automáticamente, en su sector. Atajamos por los caminos apacibles de la antiplanicie, blancos de polvo, con los matojos de espino y de fucsia y los linderos franjeados de hierba silvestre y de margaritas. Cayó la noche. El burro me llevó hasta la boca de la caverna, porque yo no hubiera podido seguir, en la oscuridad, el sendero que bajaba hacia el mar. Después volvió a subir a sus pastizales.

No sé cuánto tiempo me quedé allí. Se estaba bien en la caverna, debo decirlo. Me traté mis ladillas con agua de mar y algas, pero un buen número de larvas debieron sobrevivir. Me curé el cráneo con compresas de alga, lo que me hizo un bien enorme, pero pasajero. Me tumbaba en la caverna y a veces miraba hacia el horizonte. Veía por encima una gran extensión palpitante, sin islas ni promontorios. Por la noche una luz iluminaba la caverna, a intervalos regulares. Fue allí donde encontré mi frasquito, en el bolsillo. No se había roto, el cristal no era auténtico cristal. Creía que el señor Weir me lo había quitado todo. El otro estaba fuera la mayor parte del tiempo. Me daba pescado. Es fácil para un hombre, cuando lo es de verdad, vivir en una caverna, lejos de todos. Me invitó a quedanme todo el tiempo que me apeteciera. Si prefiriera estar solo me acondicionaría encantado otra caverna, un poco más lejos. Me traería comida todos los días y vendría de vez en cuando a asegurarse que marchaba bien y no necesitaba nada. Era buena persona. Yo no necesitaba bondad. ¿No conocerás por casualidad una caverna lacustre? dije. Soportaba mal el mar, sus chapoteos, temblores, mareas y convulsividad general. El viento al menos se calma a veces. Las manos y los pies me hormigueaban. El mar me impedía dormir, durante horas. Aquí pronto me voy a poner enfermo, dije, y ¿qué habré conseguido entonces? Te vas a ahogar, dijo. Sí, dije, o me arrojaré al acantilado. Y yo que no podría vivir en otra parte, dijo, en mi cabaña de la montaña era muy desgraciado. ¿Tu cabaña en la montaña? dije. Repitió la historia de su cabaña en la montaña, la había olvidado, era como si la oyera por primera vez. Le pregunté si la conservaba todavía. Respondió que no la había vuelto a ver desde el día en que salió huyendo, pero que la creía aún en el mismo sitio, un poco deteriorada sin duda. Pero cuando insistió para que cogiera la llave, me negué, diciéndole que tenía otros proyoctos. Siempre me encontrarás aquí, dijo, si alguna vez me necesitas. Ah la gente. Me dio su cuchillo.

 

Lo que él llamaba su cabaña era una especie de barraca de madera. Había arrancado la puerta, para hacer fuego, o con cualquier otro fin. La ventana ya no tenía cristales. El techo se había hundido por varios sitios. El interior estaba dividido, por los restos de un tabique, en dos partes desiguales. Si había tenido muebles nada quedaba ya. Se habían entregado a los actos más viles, en el suelo y sobre las paredes. Excrementos poblaban el suelo, de hombre, de vaca, de perro, así como preservativos y vomitonas. En una boñiga habían trazado un corazón, atravesado por una flecha. No ofrecía sin embargo una perspectiva armónica. Descubrí vestigios de ramos abandonados. Vorazmente arrancados, arrastrados durante largas horas, acabaron por tirarlos, pesados, o ya marchitos. Esta era la habitación de la que me habían ofrecido la llave.

 

En su conjunto la escena era la ya familiar de grandeza y desolación.

 

Era a pesar de todo un techo. Descansaba sobre un jergón de helechos que yo mismo recogí con mil trabajos. Un día no pude levantarme. La vaca me salvó. Aguijoneada por la niebla glacial venía a cobijarse. No era sin duda la primera vez. No debía verme. Traté de mamarla, sin mucho éxito. Sus tetas estaban cubiertas de excrementos. Me quité el sombrero y me puse a ordeñarla dentro, acudiendo a mis últimas fuerzas. La leche se derramaba por el suelo, pero me dije, No importa, es gratis. La vaca me arrastró por la tierra, deteniéndose tan sólo de vez en cuando para propinarme una coz. No sabía que nuestras vacas podían también portarse mal. Debieron ordeñarla recientemente. Agarrándome con una mano a la teta, con la otra mantenía el sombrero en su sitio. Pero acabó por hartarse. Porque me arrastró atravesando el umbral hasta los helechos gigantes y chorreantes, donde me vi obligado a soltar la presa.

Bebiendo la leche me reproché lo que acababa de hacer. Ya no podría contar con la vaca y ella pondría a las demás al corriente. Con más control sobre mí mismo hubiera podido hacerme amigo de ella. Hubiera venido todos los días seguida quizás de otras vacas. Hubiera aprendido a hacer mantequilla, queso. Pero me dije, No, todo se andará.

 

Una vez en la carretera no tenía más que seguir la pendiente. Carretas pronto, pero todas me rechazaron. Si hubiera tenido otras ropas, otra cara, se me hubiera admitido quizá. Debí cambiar desde mi expulsión del sótano. La cara en especial había debido alcanzar un aspecto decididamente climatérico. La sonrisa humilde e ingenua ya no me aparecía, ni la expresión de miseria cándida, penetrada de estrellas y cohetes. Las llamaba, pero ya no venían. Máscara de viejo cuero sucio y peludo, no quería ya decir por favor y gracias y perdón. Era una lástima. ¿Con qué iba yo a bandearme, en el futuro? Tumbado al borde de la carretera me dedicaba a contorsionarme cada vez que oía venir una carreta. Para que no imaginaran que dormía, o descansaba. Trataba de gemir, ¡Socorro! Pero el tono que brotaba era el de la conversación corriente. Ya no podía gemir. La última vez que había necesitado gemir lo había hecho, bien, como siempre, y eso en la ausencia de cualquier corazón susceptible de ser partido. ¿En qué iba a convertirme? Me dije. Volveré a aprender. Me tumbé de un lado a otro del camino, en un sitio donde se estrechaba, de forma que las carretas no podían pasar sin pasarme por encima, con una rueda al menos, o con dos si tenía cuatro. Al urbanista de la barba roja, le habían quitado la vesícula biliar, una falta grave, y tres días después moría, en la flor de la edad. Pero llegó el día en que, mirando a mi alrededor, me encontré en los suburbios, y de aquí a los viejos ámbitos no había más que un paso, más allá de la estúpida esperanza de calma o de dolor más tenue.

 

Me tapé pues la parte baja de la cara con un trapo y fui a pedir limosna en un rincón soleado. Porque me parecía que mis ojos no se habían apagado del todo, gracias quizás a las gafas negras que mi preceptor me diera. Me había dado la Ética de Geulincz. Eran gafas de hombre, yo era un niño. Le encontraron muerto, desplomado en el W. C., con las ropas en un desorden terrible, fulminado por un infarto. Ah qué calma. La Ética llevaba su nombre (Ward) en primera página, las gafas le habían pertenecido. El puente, en aquella época, era de hilo de latón, de la clase que se emplea para sujetar los cuadros y los grandes espejos, y dos largas cintas negras servían de baranda. Las enroscaba alrededor de las orejas y las abatía bajo la barbilla, donde las ataba. Los cristales habían sufrido, a fuerza de frotarse en el bolsillo uno contra otro y contra los demás objetos que allí se encontraran. Yo creía que el señor Weir me lo había cogido todo. Pero yo ya no necesitaba esas gafas y no me las ponía más que para suavizar el resplandor del sol. No debería haber hablado de ello. El trapo me hizo mucho daño. Acabé cortándolo del forro de mi abrigo, no, ya no tenía abrigo, de mi chaqueta entonces. Era un trapo más bien gris, o incluso escocés, pero me daba por satisfecho. Hasta la tarde mantenía la cara levantada hacia el cielo del mediodía, después hacia el de poniente hasta la noche. El platillo de madera me hizo mucho daño. No podía utilizar el sombrero, por mi cráneo. En cuanto a tender la mano, ni pensarlo. Me procuré pues una lata de hierro blanco y la sujeté a un botón de mi abrigo, pero qué me pasa, de mi chaqueta, al nivel del pubis. No se mantenía derecha, se inclinaba respetuosamente hacia el transeúnte, no había más que dejar caer la moneda. Pero esto le obligaba a aproximarse mucho, se arriesgaba a tocarme. Acabé procurándome una lata más grande, una especie de gran lata, y la coloqué sobre la acera, a mis pies. Pero las gentes que dan una limosna no les agrada tirarla, ese gesto tiene algo de desprecio que repugna a los sensibles. Sin contar con que deben apuntar. Quieren dar, pero no les gusta que la moneda se escape dando vueltas bajo los pies de los transeúntes, o bajo las ruedas de los vehículos, donde cualquiera puede cogerla. En resumen: no dan. Los hay evidentemente que se agachan, pero en general a la gente que da una limonsa no le agrada que ello le obligue a agacharse. Lo que realmente prefieren es ver al mendigo de lejos, preparar el penique, soltarlo en plena marcha y oír el Dios se lo pague debilitado por el alejamiento. Yo no decía eso, yo no he sido nunca muy creyente, ni nada que se le parezca, pero lanzaba de todos modos un ruido, con la boca. Acabé procurándome una especie de tablilla que me sujetaba con cordel al cuello y a la cintura. Sobresalía precisamente a la altura justa, la del bolsillo, y su borde estaba lo suficientemente apartado de mi persona para poder depositar el óbolo sin peligro. Podía verse a veces en ella flores, pétalos, espigas, y briznas de esa hierba que se aplica a las hemorroides, en fin lo que encontraba. No las buscaba, pero todas las cosas bonitas de este tipo que me caían a la mano, las guardaba para la tablilla. Se podía creer que yo amaba la naturaleza. Miraba al cielo, la mayor parte del tiempo, pero sin fijarlo. Era una mezcla normalmente de blanco, azul y gris, y por la tarde venían a añadirse otros colores. Lo sentía pesando con suavidad sobre mi cara, frotaba la cara balanceándola de un lado a otro. Pero a menudo dejaba caer la cabeza sobre el pecho. Entonces entreveía la tablilla a lo lejos, borrosa y abigarrada. Me apoyaba en la pared, pero sin el menor relajo, equilibraba mi peso de un pie al otro y me agarraba con las manos las solapas de la chaqueta. Mendigar con las manos en los bolsillos, da mal efecto, indispone a los trabajadores, sobre todo en invierno. No hay nunca tampoco que llevar guantes. Había chicos que, simulando darme una perra, arramplaban con todo lo que había ganado. Para comprarse caramelos. Me desabrochaba, discretamente, para rascarme. Me rascaba de abajo arriba, con cuatro uñas: Me hurgaba en los pelos, para calmarme. Ayudaba a pasar el tiempo, el tiempo pasaba cuando me rascaba. El verdadero rascado es superior al meneo, en mi opinión, y puede durar mucho, hasta los cincuenta, e incluso mucho después, pero acaba por convertirse en una simple costumbre. Para rascarme no tenía bastante con las dos manos. Tenía en todas partes, en mis partes, en los pelos hasta el ombligo, bajo los brazos, en el culo, placas de eczema y de psoriasis que podía poner al rojo con sólo pensar en ellas. Era en el culo donde más satisfacción obtenía. Introducía el índice, hasta el metacarpo. Si después debía defecar, me hacía un daño de perros. Pero apenas defecaba ya. De vez en cuando pasaba un avión, poco rápidamente me parecía. Me sucedía a menudo, al acabar la jornada, encontrar los bajos del pantalón mojados. Debían ser los perros. Yo ya apenas meaba. Si por azar me entraban ganas, las calmaba introduciendo un trapito en la bragueta. Una vez en mi puesto, no lo abandonaba hasta la noche. Yo ya apenas comía, Dios cuidaba de mi sustento. Después del trabajo compraba una botella de leche que bebía por la noche en la cochera. En realidad le encargaba a un chico que la comprara, siempre el mismo, a mí no querían servirme, no sé por qué. Le daba un penique por el servicio. Un día asistí a una escena extraña. Normalmente no veía gran cosa. No oía gran cosa tampoco. No me fijaba. En el fondo no estaba allí. En el fondo creo que no he estado nunca en ninguna parte. Pero ese día debí volver. Desde hacía ya algún tiempo me incordiaba un ruido. No buscaba la causa, porque me decía, Va a cesar. Pero como no cesaba no tuve más remedio que buscar la causa. Era un hombre subido al techo de un automóbil, arengando a los transeúntes. Al menos fue así como entendí la cosa. Berreaba tan fuerte que retazos de su discurso llegaban hasta mí. Unión… hermanos… Marx… capital… bifteck… amor. No entendía nada. El coche se había detenido junto a la acera, ante mí, yo veía al orador de espaldas. De repente se volvió y me cuestionó. Mirad ese pingajo, ese desecho. Si no se pone a cuatro patas es porque teme el vergajo. Viejo, piojoso, podrido, al cubo de la basura. Y hay miles como él, peores que él, diez mil, veinte mil—. Una voz, Treinta mil. El orador continuó, Todos los días pasan delante de vosotros y cuando habéis ganado a las carreras soltáis una perra gorda. ¿Os dais cuenta? La voz, No. Claro que no, continuó el orador, eso forma parte del decorado. Un penique, dos peniques—. La voz, Tres peniques. No se os ocurre nunca pensar, continuó el orador, que tenéis enfrente la esclavitud, el embrutecimiento, el asesinato organizado, que consagráis con vuestros dividendos criminales. Mirad este torturado, este pellejo. Me diréis que es culpa suya. Preguntadle a ver si es culpa suya. La voz, Pregúntaselo tú. Entonces se inclinó hacia mí y me apostrofó. Yo había perfeccionado mi tablilla. Consistía ahora en dos trozos unidos por bisagras, lo que me permitía, una vez acabado el trabajo, plegarla y llevarla bajo el brazo, me gustaba hacer chapucillas. Me quité el trapo, me metía en el bolsillo las escasas monedas que había ganado, desaté los cordones de mi tablilla, la plegué y me la puse bajo el brazo. ¡Pero habla, pedazo de inmolado! vociferó el orador. Después me fui, aunque fuera aún de día. Pero en general el rincón era tranquilo, animado sin ser bullicioso, próspero y conveniente. Aquél debía ser un fanático religioso, no encontraba otra explicación. Se había quizá escapado de la jaula. Tenía una cara simpática, un poco coloradota.

 

No trabajaba todos los días. Apenas tenía gastos. Conseguía incluso ahorrar un poco, para los ultimísimos días. Los días en que no trabajaba me quedaba tumbado en la cochera. Situada al borde del río, en una propiedad particular, o que lo había sido. Esta propiedad, cuya entrada principal daba sobre una calle sombría, estrecha y silenciosa, estaba rodeada por un muro, menos naturalmente por el lado del río, que marcaba su límite septentrional, sobre una longitud de treinta pasos más o menos. De frente, sobre la otra orilla, se extendían aún los muelles, después un apelmazamiento de casas bajas, terrenos baldíos, empalizadas, chimeneas, flechas y torres. Se veía también una especie de campo de maniobras donde soldados jugaban al fútbol, todo el año. Sólo las ventanas —no. La propiedad parecía abandonada. La verja estaba cerrada. La hierba invadía los senderos. Sólo las ventanas del piso bajo tenían persianas. Las demás se iluminaban a veces por la noche, débilmente, unas veces una, otras la otra, tenía esa impresión. Podía ser cualquier reflejo. El día en que adopté la cochera encontré un bote, la quilla al aire. Le di la vuelta, lo rellené con piedras y pedazos de madera, quité los bancos y me hice la cama. Las ratas se las veían negras para llegar hasta mí, por la inclinación de la quilla. Muchas ganas tenían sin embargo. Fíjate, carne viviente, porque yo era a pesar de todo carne viviente, hacía demasiado tiempo que vivía entre las ratas, en mis alojamientos improvisados, para que tuviera una vulgar fobia. Tenía incluso una especie de simpatía por ellas. Venían con tanta confianza hacia mí, se diría que sin la menor repugnancia. Se hacían la tualet, con gestos de gato. Los sapos, sí, por la tarde, inmóviles durante horas, engullen moscas. Se colocan en sitios en donde lo cubierto pasa al descubierto, les gustan los umbrales. Pero se trataba de ratas de aguas, de una delgadez y de una ferocidad excepcionales. Construí pues, con tablas sueltas, una tapadera. Es formidable la de tablas que he podido encontrar en mi vida, cada vez que tenía necesidad de una tabla allí estaba, no había más que agacharse. Me gustaba hacer chapuzas, no, no mucho, así así. Recubrí el bote completamente, hablo ahora otra vez de la tapadera. Lo empujé un poco hacia atrás, entraba en el bote por delante, gateaba hasta la parte de atrás, levantaba los pies y empujaba la tapa hacia delante hasta que me cubría del todo. El empuje se ejercía sobre un travesaño en saliente fijado tras la tapa a este efecto, me gustaban las chapucillas. Pero era preferible entrar en el bote por detrás, sacar la tapa sirviéndome de las dos manos hasta que me cubriera del todo y empujarlo en el mismo sentido cuando quisiera salir. Como apoyo para mis manos coloqué dos grandes clavos, allí donde hacía falta. Estos pequeños trabajos de carpintería, si es posible llamarlos así, ejecutados con instrumentos y materiales improvisados, no me disgustaban. Sabía que acabaría pronto, y representaba la comedia, verdad, la de—cómo llamarla, no lo sé. Me encontraba bien en el bote, debo decirlo. Mi tapadera se ajustaba tan bien que tuve que hacerle un agujero. No hay que cerrar los ojos, dejarlos abiertos en la oscuridad, esa es mi opinión. No hablo del sueño, hablo de lo que se llama me parece estado de vigilia. Por otra parte yo dormía muy poco en aquella época, no tenía ganas, o tenía muchísimas ganas, no lo sé, o tenía miedo, no lo sé. Tumbado de espaldas no veía nada, apenas vagamente, justo por encima de mi cabeza, a través de los minúsculos agujeritos, la claridad gris de la cochera. No ver nada en absoluto, no, es demasiado. Oía solamente los gritos de las gaviotas que revoloteaban muy cerca, alrededor de la boca de los sumideros. En un hervor amarillento, si tengo buena memoria, las inmundicias se vertían al río, los pájaros revoloteaban por encima, chillando de hambre y de cólera. Oía el chapoteo del agua contra el embarcadero, contra la orilla, y el otro ruido, tan diferente, de la ondulación libre, lo oía también. Yo, cuando me desplazaba, era menos barco que onda, por lo que me parecía, y mis parones eran los de los remolinos. Esto puede parecer imposible. La lluvia también, la oía a menudo. A veces una gota, atravesando el techo de la cochera, venía a explotar sobre mí. Todo abocaba a un ambiente más bien líquido. El viento añadía su voz, no hay que decirlo, o quizá más bien las tan variadas de sus juguetes. ¿Pero qué es todo esto? Zumbidos, alaridos, gemidos y suspiros. Yo hubiera preferido otra cosa, martillazos, pan, pan, pan, asestados en el desierto. Me tiraba pedos, es cosa sabida, pero difícilmente seco, salían con un ruido de bomba, se fundían en el gran jamás. No sé cuánto tiempo me quedé allí. Estaba bien en mi caja, debo decirlo. Me parecía haber adquirido independencia en los últimos años. Que nadie viniera ya, que nadie pudiera ya venir, a preguntarme si marchaba bien y si no necesitaba nada, apenas ya me dolía. Me encontraba bien, claro que sí, perfectamente, y el miedo de encontrarme peor se dejaba apenas sentir. En cuanto a mis necesidades, se habían en alguna medida reducido a mis dimensiones y, bajo el punto de vista cualitativo, tan super-refinadas que toda ayuda resultaba excluida, desde ese ángulo. Saberme existir, por muy débil y falsamente que fuera, por fuera de mí, tenía en otra época la virtud de conmoverme. Se convierte uno en un salvaje, forzosamente. A veces se pregunta uno si estamos en el buen planeta. Incluso las palabras te dejan, con eso está dicho todo. Es el momento quizá en que los vasos dejan de comunicar, ya sabes, los vasos. Se está aquí siempre entre los dos rumores, sin duda es siempre el mismo pedazo, pero cáspita nadie lo diría. Me ocurría a menudo querer correr la tapadera y salir del bote, sin conseguirlo, tan perezoso y débil estaba, y muy en el fondo donde me encontraba. Lo sentía todo cerca, las calles glaciales y tumultuosas, las caras aterradoras, los ruidos que cortan, penetran, desgarran, contusionan. Esperaba entonces que las ganas de cagar, o de mear al menos, me dieran fuerzas. ¡No quería ensuciar mi nido! Lo que me sucedía sin embargo, e incluso cada vez más a menudo. Me bajaba los pantalones arqueándome, me volvía un poco de lado, lo justo para despejar el agujero. Labrarse un reino, en medio de la mierda universal, para después cagarse encima, era muy mío. Eran yo, mis inmundicias, es cosa sabida, pero aún así. Basta, basta, las imágenes, aquí estoy abocado a ver imágenes, yo que nunca las vi, salvo a veces cuando dormía. Creo que no las había visto nunca, en puridad. De pequeñín quizá. Mi mito lo quiere así. Sabía que eran imágenes, puesto que era de noche y estaba solo en mi bote. ¿Qué podía ser aquello si no? Estaba pues en mi bote y me deslizaba sobre las aguas. No tenía que remar, el reflujo me llevaba. Además no veía remos, habían debido llevárselos. Yo tenía una tabla, un trozo de banco quizá, que utilizaba cuando me acercaba demasiado a la orilla o cuando veía acercarse un montón de detritus o una chalupa. Había estrellas en el cielo, grato. No veía el tiempo que hacía, no tenía frío ni calor y todo parecía tranquilo. Las orillas se alejaban cada vez más, lógico, ya no las veía. Raras y débiles luces marcaban la separación creciente. Los hombres dormían, los cuerpos recuperaban fuerzas para los trabajos y alegrías del día siguiente. El bote no se deslizaba ya, saltitos, zarandeado por las olitas del alta mar incipiente. Todo parecía tranquilo y sin embargo la espuma se colaba por la borda. El aire libre me rodeaba ahora por todas partes, no tenía más que el abrigo de la tierra, y poca cosa es, el abrigo de la tierra, en esas condiciones. Veía los faros, hasta un total de cuatro, pertenecientes a un barco-faro. Los conocía bien, de pequeñín ya los conocía. Por la tarde, estaba con mi padre sobre un promontorio, me cogía de la mano. Hubiera deseado que me atrajese hacia sí, en un gesto de amor protector, pero en eso estaba pensando. Me enseñaba igualmente los nombres de las montañas. Pero para acabar con las imágenes, veía también las luces de las boyas, parecían llenarlo todo, rojas y verdes, incluso ante mi extrañeza amarillas. Y en el flanco de la montaña, que ahora desgajada se alzaba tras la ciudad, los incendios pasaban del oro al rojo, del rojo al oro. Yo sabía muy bien lo que era, era la retama que ardía. Yo mismo cuántas veces habría encendido el fuego, con una cerilla, siendo pequeño. Y mucho más tarde, de vuelta a casa, antes de acostarme, miraba desde mi alta ventana el incendio que había prendido. En esta noche pues, plagada de débiles parpadeos, en el mar, en tierra y en el cielo, bogaba a merced de la marea y las corrientes. Noté que mi sombrero estaba atado, por un cordoncillo sin duda, a mi botonadura. Me levanté del banco, en la parte de atrás del bote, y un enérgico campanilleo se hizo oír. Era la cadena que, fijada a la parte de alante, acababa de enrollarse alrededor de mis caderas. Debí desde el principio practicar un agujero en las tablas del fondo, porque aquí me tenéis de rodillas intentando soltarlo, con la ayuda del cuchillo. El agujero era pequeño y el agua subiría lentamente. Todavía una media hora, en total, salvo imprevistos. Sentado de nuevo en la popa, con las piernas estiradas y la espalda bien apoyada contra el saco relleno de hierba que me servía de cojín, me tragué el calmante. El mar, el cielo, la montaña, las islas, vinieron a aplastarme en un sístole inmenso, después se apartaron hasta los límites del espacio. Pensé débilmente y sin tristeza en el relato que había intentado articular, relato a imagen de mi vida, quiero decir sin el valor de acabar ni la fuerza de continuar.


 

Compañía

 

Una voz alcanza a alguien en la obscuridad. Imaginar.

Una voz alcanza a alguien de espaldas en la obscuridad. La espalda para no nombrarlo sino a él el ya mencionado y la manera en que cambia la obscuridad cuando él abre los ojos y también cuando los cierra. Sólo puede verificarse una mínima parte de lo que se dice. Como por ejemplo cuando él escucha, Tú estás de espaldas en la obscuridad. En éste caso él no puede sino admitir lo que se dice. Pero de lejos la mayor parte de lo que se dice no puede verificarse. Como por ejemplo cuando escucha, Tú naciste tal y tal día. A veces sucede que las dos se combinan como por ejemplo, Tú naciste tal y tal día y ahora estás de espaldas en la obscuridad. Truco que tal vez intenta hacer repercutir sobre la irrefutabilidad de la otra. Esa es entonces la proposición. A alguien de espaldas en la obscuridad una voz desmenuza un pasado. Cuestión también por momentos de un presente y rara vez de un futuro. Como por ejemplo, Tú acabarás tal como eres. En otra obscuridad o en la misma otra. Imaginando todo para acompañarse. Silencio de inmediato.

El empleo de la segunda persona es obra de la voz. El de la tercera la del otro. Si él pudiera hablar a quien y de quien habla la voz habría una tercera. Pero él no puede. Él no lo hará. Tú no puedes. Tú no lo harás.

 

Aparte de la voz y del débil rumor de su respiración ningún ruido. Por lo menos que él pueda escuchar. El débil rumor de su respiración se lo dice.

 

Aunque ahora menos que nunca interesado en las preguntas él no puede a veces sino preguntarse si es a él y de él que habla la voz. ¿No habría sorprendido una comunicación destinada a otro? Si está sólo de espaldas en la obscuridad ¿por qué la voz no lo dice? ¿Por qué no dice nunca por ejemplo, Tú naciste tal y tal día y ahora estás sólo de espaldas en la obscuridad? ¿Por qué? Tal vez con el único fin de provocar en su interior ese vago sentimiento de incertidumbre y malestar.

 

Tu ánimo siempre poco activo lo es ahora más que nunca. Ese es el tipo de afirmación que él admite de buen grado. Tú naciste tal y tal día y tu ánimo siempre poco activo lo es ahora menos que nunca. Es necesaria sin embargo como ayuda para la compañía una cierta actividad de espíritu por débil que sea. Es por lo que la voz no dice, Tú estás de espaldas en la obscuridad y tu espíritu no tiene ninguna actividad de ninguna clase. La voz por sí sola acompaña pero insuficientemente. Su efecto sobre el auditor es un complemento necesario. No fuera sino bajo la forma del vago sentimiento de incertidumbre y malestar antes mencionado. Pero incluso puesta aparte la cuestión de la compañía es evidente que un efecto así se impone. Porque si él sólo debiera escuchar la voz y ésta no tuviera más efecto sobre él que una palabra en bantú o en erso ¿no haría mejor en callarse? A menos que ella se proponga en tanto que ruido en estado puro torturar a un ansioso de silencio. O evidentemente como antes se había conjeturado que ella no estuviera destinada a otro.

 

Niño sales de la carnicería-salchichonería Connolly de la mano de tu madre. Dan la vuelta a la derecha y avanzan en silencio sobre la carretera hacia el sur. Cien pasos más allá giran al interior y emprenden la larga subida que lleva a la casa. Caminan en silencio en el aire tibio y dulce del verano. Está avanzada la tarde y al cabo de un rato el sol aparece encima de la montaña. Levantando los ojos al azul del cielo y enseguida a la cara de tu madre rompes el silencio preguntándole si en realidad no está mucho más alejado de lo que parece. El cielo se entiende. El cielo azul. Al no recibir respuesta reformulas mentalmente tu pregunta y algunos pasos más lejos de nuevo levantas los ojos hasta su rostro y le preguntas si no parece mucho menos lejano de lo que está en realidad. Por alguna razón que jamás has podido explicarte esa pregunta debió exasperarla. Porque dejó colgando tu mano y te hizo una respuesta hiriente inolvidable.

 

Si no es a él al que habla la voz es forzosamente a otro. Así con lo que le queda de razón razona. A otro distinto de este otro. O de él. O de otro incluso. A otro distinto de este otro o de él o de otro incluso. A alguien de espaldas en la obscuridad en todo caso. De alguien de espaldas en la obscuridad ya sea el mismo u otro. Así con lo que le queda de razón razona y razona equivocadamente. Porque si no es a él al que habla la voz sino a otro es forzosamente de ese otro del que habla y no de él ni de ningún otro. Porque habla en segunda persona. Si no es de él a quien habla que habla no hablaría en segunda persona sino en tercera. Por ejemplo, Él nació tal y tal día y ahora está de espaldas en la obscuridad. Es entonces evidente que si no es a él al que habla la voz sino a otro tampoco es de él sino de ese otro y de ningún otro. Así con lo que le queda de razón razona equivocadamente. Para acompañarse debe mostrar una cierta actividad mental. Pero no necesita brillar. Incluso se podría adelantar que mientras menos brilla mejor resulta. Hasta cierto punto. Mientras menos brilla le es más fácil tener compañía. Hasta cierto punto.

 

Tú naciste en la recámara donde probablemente fuiste concebido. El gran ventanal daba al oeste y a la montaña. Sobre todo al oeste. Ya que como era curvo daba también un poco hacia el norte y hacia el sur. Necesariamente. Un poco hacia el sur con la montaña todavía y un poco hacia el norte donde se perdía en la llanura. El partero no era otro que el internista Haddon o Hadden. Bigote gris fibroso y con el aire acorralado. Como era día de fiesta tan pronto había terminado su desayuno tu padre salió de la casa provisto de un cuarto de scotch y un paquete de sus sandwiches preferidos de yema de huevo para un paseo en la montaña. No había en esto nada extraño. Pero esa mañana el único incentivo no era su amor por los paseos a pie y la naturaleza salvaje. Porque se añadía la aversión que le inspiraban los dolores y otros aspectos poco agradables del parto. En consecuencia los sandwiches que hacia el mediodía al haber alcanzado la primera cima saboreó a la sombra de una gran roca frente al mar. Tú puedes imaginarte sus pensamientos antes y después mientras se abría paso entre brezales y retamas. Regresó a casa a la caída de la noche y prefiriendo entrar por la puerta de servicio se enteró con asombro por boca de la criada que el parto estaba en su apogeo. El mismo que llevaba buen paso mucho antes de su salida unas diez horas antes. Sin vacilar corrió al garage al fondo del jardín donde guardaba su De Dion Bouton. Cerró la puerta tras él y saltó al lugar del conductor. Tú puedes imaginarte sus pensamientos mientras estaba ahí al volante en la obscuridad no sabiendo qué pensar. A pesar de su fatiga y de sus pies adoloridos estaba a punto de salir otra vez por el campo bajo la joven luna cuando la criada llegó corriendo para anunciarle que por fin todo había terminado. ¡Terminado!

 

Viejo avanzas con pequeños pasos lentos por un angosto camino de pueblo. Saliste al alba y ahora es de tarde. Único ruido en el silencio el de tus pasos. Oyes cada uno y mentalmente lo añades a la suma siempre creciente de los anteriores. Te detienes con la cabeza baja al borde de la cuneta y conviertes en metros. A razón en la actualidad de dos pesos por metro. Tantos desde el alba para añadir a los del día anterior. A los del año anterior. A los de los años anteriores. Tiempos tan distintos del presente y tan semejantes. El enorme total en kilómetros. En leguas. ¿Cuántas veces ya la vuelta al mundo? Inmóvil también a tu lado durante estos cálculos la sombra de tu padre. En sus viejas ropas de vagabundo. En fin juntos adelante de cero otra vez.

 

La voz lo alcanza tanto de un lado como de otro. Ya mitigada por la lejanía ya susurrada al oído. En el curso de una sola y misma frase puede cambiar de lugar y de volumen. Así por ejemplo con claridad de arriba de la cara volteada, Tú naciste un día de Pascua y ahora. Después susurrado al oído, Tú estás de espaldas en la obscuridad. O evidentemente al contrario. Otra característica sus largos silencios donde él casi se atreve a esperar que ella haya dicho su última palabra. Asimismo ejemplo con claridad de arriba de la cara volteada, Tú naciste el día en que el Salvador murió y ahora. Luego mucho tiempo después sobre su nueva esperanza el murmullo, Tú estás de espaldas en la obscuridad. O evidentemente al contrario.

 

Otra característica la repetición. Eternamente apenas cambiada la misma hace tanto. Como para inducirlo a como dé lugar a hacerlo suyo. Para confesar, Sí yo recuerdo. Incluso tal vez para tener una voz. Para murmurar, Sí yo recuerdo. Qué ayuda para la compañía sería esto. Una voz en primera persona del singular murmurando de tarde en tarde, Sí yo recuerdo.

 

Una vieja mendiga medio ciega lucha con una entrada de jardín. Tú conoces bien el lugar. Sorda como una tapia y con la cabeza perdida el ama de casa está lo mejor posible con tu madre. Estaba segura de poder volar alguna vez por los aires. Tanto que un día se lanzó por una ventana del primer piso. Es de regreso del jardín de niños sobre tu triciclo que ves a la pobre vieja luchando con la entrada. Bajas y le abres. Ella te bendice. ¿Cuáles eran sus palabras? Que Dios te lo pague m’hijito. En ese estilo. Que Dios te cuide m’hijito.

Voz débil aun al máximo de su fuerza. Refluye lentamente hasta los límites de lo audible. Después lentamente regresa a su débil máximo. Con cada lento reflujo nace lentamente la esperanza de que muera. Él debe saber que ella regresará. Lo que no impide que con cada lento reflujo nazca lentamente la esperanza de que muera.

 

Él ganó poco a poco la obscuridad y el silencio y se tendió. Al cabo de un tiempo muy largo así con lo que le quedaba de razón los juzgó definitivamente. Y entonces un día la voz. ¡Un día! En fin. Y entonces en fin la voz diciendo, Tú estás de espaldas en la obscuridad. Esas sus primeras palabras. Larga pausa para que él pueda creerle a sus oídos y de nuevo las mismas. Enseguida la promesa de ya no acabar hasta que el oído. Tú estás de espaldas en la obscuridad y esa voz no desaparecerá hasta que desaparezca el oído. O quizás mejor cuando él estaba tirado en la penumbra y los ruidos se hacían raros eso fue poco a poco el silencio y la obscuridad. Tal vez la compañía ganara algo con eso. Porque ¿qué ruidos de tarde en tarde? ¿De dónde la claridad?

 

Tú estás parado en el borde de un trampolín alto. Lejos por encima del mar. En éste el rostro volteado de tu padre. Volteado hacia ti. Tú vez abajo el querido rostro amigo. Él te grita que saltes. Grita, ¡Valor! La cara redonda y roja. El grueso bigote. Los cabellos grises. El oleaje la sumerge y la regresa a flote. Todavía el lejano llamado, ¡Valor! El mundo te mira. Desde el agua lejana. Desde la tierra firme.

 

Un ruido de cuando en cuando. Qué bendición un recurso así. En el silencio y la obscuridad cerrar los ojos y escuchar un ruido. Un objeto cualquiera que deja su lugar por su último lugar. Una cosa blanda que blandamente se mueve para ya no tener que moverse. Cerrar los ojos a la obscuridad visible y no escuchar sino eso. Una cosa blanda que blandamente se mueve para ya no tener que moverse.

 

La voz despide una luz. La obscuridad se aclara el tiempo que ella habla. Se condensa cuando refluye. Se aclara cuando regresa a su débil máximo. Se restablece cuando se calla. Tú estás de espaldas en la obscuridad. Ahí si tus ojos hubieran estado abiertos habrían visto un cambio.

 

¿De dónde claridad? Qué compañía en la obscuridad. Cerrar los ojos y tratar de imaginarlo. ¿De dónde hace tanto tiempo la claridad? Ningún origen en apariencia. Como si apenas luminiscente todo su pequeño vacío. ¿Qué podía ver él entonces arriba de su rostro volteado? Cerrar los ojos en la obscuridad y tratar de imaginarlo.

 

Otra característica el tono apagado. Sin vida. Mismo tono apagado siempre. Para sus afirmaciones. Para sus negaciones. Para sus interrogaciones. Para sus exclamaciones. Para sus exhortaciones. Tú fuiste hace tanto. Tú nunca fuiste. ¿Fuiste alguna vez? ¡Oh no haber sido nunca! Sé de nuevo. Mismo tono apagado.

 

¿Puede moverse? ¿Se mueve? ¿Debe moverse? Cómo ayudaría eso. Cuando la voz desfallece. Un movimiento cualquiera por pequeño que fuera. Aunque no fuera sino una mano que se cierra. O que se abre si cerrada al principio. Cómo ayudaría eso en la obscuridad. Cerrar los ojos y ver esta mano. Cierra ofrecido llenando todo el horizonte. Las líneas. Los dedos que lentamente se doblan. O se extienden si doblados al principio. Las líneas de ese viejo hueco.

 

Claro que está el ojo. Ocupando todo el horizonte. El velo que lentamente baja. O sube si bajado al principio. El globo. Sólo pupila. Dilatada verticalmente. Oculta. Descubierta. Oculta de nuevo. Descubierta de nuevo.

Y si después de todo él hablara. Por débil que fuera. Qué ayuda sería eso para la compañía. Tú estás de espaldas en la obscuridad y algún día volverás a hablar. ¡Algún día! En fin. En fin hablarás de nuevo. Sí yo recuerdo. Ese fui yo. Ese fui yo entonces.

 

Tú estás solo en el jardín. Tu madre está en la cocina preparándose para merendar con Madame Coote. Haciendo las tartas con mantequilla del grueso de una lámina. Atrás de un matorral observas la llegada de Madame Coote. Mujercita enjuta y agria. Tu madre le responde diciendo, Juega en el jardín. Subes hasta lo alto de un gran abeto. Te quedas allá arriba escuchando todos los ruidos. Luego te tiras. Las grandes ramas rompen tu caída. Las agujas. Permaneces un instante de cara a la tierra. Luego vuelves a subir al árbol. Tu madre responde a Madame Coote diciendo, Ha estado odioso.

 

¿Qué siente él con lo que le resta de sentimiento a propósito de ahora con relación a antes? Cuando con lo que le restaba de razón juzgó su estado definitivo. Lo mismo que preguntar lo que entonces con relación a antes sentía a propósito de entonces. Como entonces no había antes del mismo modo que no hay ahora.

 

En la misma obscuridad o en otra otro imaginando todo para acompañarse. Voz aparentemente clara a primera vista. Pero bajo el ojo que la observa se enreda. Incluso más se detiene el ojo más ella se enreda. Hasta que el ojo se cierra y libre otro tanto la cabeza puede preguntarse, ¿Qué quiere decir eso? ¿Qué quiere decir eso que a primera vista parecía claro? Hasta que ella también se cierra para decirlo de ese modo. Como se cerraría la ventana de una pieza obscura y vacía. La única ventana sobre el obscuro exterior. Después nada más. No. Desgraciadamente no. Resplandores agonizantes todavía y sobresaltos. Informulables sobresaltos del espíritu. Inextinguibles.

Ningún lugar en particular sobre el camino de A a Z. O para mayor verosimilitud el camino de Ballyogan. Cabeza sumida en tus cuentas al borde de la cuneta. A la izquierda las primeras pendientes. Frente a los pastos. A la derecha y un poco hacia atrás la sombra de tu padre. Tantas veces ya la vuelta al mundo. Abrigo hace mucho verde gastado de arriba a abajo de vejez y mugre. Bombín abollado hace tanto amarillo y botines todavía buenos. En camino desde el alba y ya la tarde. Terminado el cálculo los dos adelante de cero otra vez. Derecho por Stepaside. Pero bruscamente corren a través del seto y desaparecen cojeando hacia el este a través de los campos.

 

Ya que ¿por qué o? ¿Por qué en otra obscuridad o en la misma? ¿Y quién lo pregunta? ¿Y quién pregunta, Quién lo pregunta? Y responde, Aquél que él sea el que imagina todo. En la misma obscuridad que su criatura o en otra. Para tener compañía. ¿Quién pregunta a fin de cuentas, Quién pregunta? Y a fin de cuentas responde como aquí arriba. Añadiendo muy quedo mucho tiempo después, A menos que ese no sea otro de nuevo. Ningún sitio qué encontrar. Ningún sitio qué buscar. Lo impensable último. Innombrable. Toda última persona. Yo Silencio de inmediato.

 

La luz que había entonces. Sobre tu espalda en la obscuridad la luz que había entonces Claridad sin nubes ni sol. Tú te eclipsas al levantar el día y trepas a tu escondite al lado de la colina. Un nido en la retama. Por el este más allá del mar el contorno apenas de altas montañas. Una distancia de setenta millas según tu manual de geografía. Por tercera o cuarta vez en tu vida. La primera vez las incluiste y te alegraste. Tú no habrías visto sino nubes. Tanto que desde entonces lo guardas en el corazón con lo demás. Regreso a la caída de la noche y a la cama sin cenar. Estás en la obscuridad en medio de esa luz de nuevo. Desde tu nido en la retama fijas los ojos por encima del mar hasta que te duelen. Los cierras el tiempo que dura contar hasta cien luego los abres y los fijas de nuevo. Hasta que al fin aparecen allá. Azul pálido eternamente contra el cielo pálido. Tú estás en la obscuridad en medio de esa luz de nuevo. Te adormeces en esa luz sin nubes ni sol. Duermes hasta la luz del día.

Inventor de la voz y del auditor y de sí mismo. Inventor de sí mismo para tener compañía. Quedarse ahí. Él habla de sí como si se tratara de otro. Él dice hablando de sí, Él habla de sí como si se tratara de otro. Él también se imagina a sí mismo para acompañarse. Quedarse ahí. La confusión también acompaña. Hasta cierto punto. Más vale la falsa esperanza que ninguna. Hasta cierto punto. Hasta que el corazón se fatiga. De la compañía también hasta cierto punto. Más vale un corazón fatigado que ninguno. Hasta que comienza a podrirse. De este modo hablando de sí él concluye por el momento, Por el momento quedarse ahí.

 

En la misma obscuridad que su criatura o en otra. Todavía por imaginar. Así como su postura. Parado o sentado o acostado o en cualquier otra postura en la obscuridad. Respuestas entre otras todavía por imaginar. Entre otras a otras preguntas también. Tomando en cuenta a la que acompaña. ¿Cuál de las dos obscuridades es la más apta para tener compañía? ¿Cuál de todas las posturas imaginables tiene más que ofrecer en materia de compañía? Y lo mismo para las demás preguntas todavía por imaginar. Como la de saber si tales decisiones son definitivas. Que él se decida por ejemplo después de detenida imaginación a favor de extenderse ya sobre la espalda ya sobre el vientre y que a la larga esta postura decepcione en cuanto a compañía. Es posible en ese caso sí o no substituirla por otra. Como por ejemplo acuclillarse con las piernas encerradas en el semicírculo de los brazos y la cabeza sobre las rodillas. Aun el movimiento. No fuera sino en cuatro patas. Otro en la misma obscuridad o en otra echado en cuatro patas imaginando todo para tener compañía. O alguna otra forma de locomoción. Las posibilidades de la casualidad. Una rata muerta. Qué ayuda para la compañía sería eso. Una rata muerta desde mucho tiempo atrás.

 

¿No habría modo de beneficiar al auditor? De proporcionarle un trato más agradable si no francamente humano. Aspecto mental tal vez lugar para un poco más de animación. Un esfuerzo de reflexión al menos. De memoria. Incluso de articulación. De rastros de emoción. Algunos signos de angustia. Una sensación de pérdida. Sin salir del personaje. Trabajo espinoso. Pero aspecto físico. ¿Tiene que yacer inerte hasta el final? Sólo los párpados que de vez en vez se mueven porque técnicamente es necesario. Con el fin de admitir o rechazar a la obscuridad. ¿No podría cruzar los pies? De tarde en tarde. Tanto el izquierdo sobre el derecho como cuando se quiera al revés. No. Absolutamente incompatible. ¿El yacer con los pies cruzados? Descartado al primer vistazo. ¿Un movimiento cualquiera de una mano? Una contracción. Una relajación. Difícilmente defendible. O levantada para matar a una mosca. Pero no hay moscas. Entonces que haya. ¿Por qué no? La tentación es fuerte. Que haya una mosca. Una mosca viva que lo crea muerto. Advertida de su error y reemplazándola inmediatamente. Qué ayuda para la compañía sería eso. Una mosca viva que lo crea muerto. Pero no. Él no mataría a una mosca.

 

Te da lástima un puerco espín afuera en el frío y lo metes en una vieja caja de sombreros con una provisión de gusanos. Tú colocas enseguida la caja con el vermívoro adentro de una jaula para conejos vacía a la que le dejas la puerta abierta para que la pobre bestia pueda ir y venir a su antojo. Ir en busca de su comida y habiendo comido volver al calor y a la seguridad de su caja en la jaula. He ahí entonces el puerco espín en la caja con suficientes gusanos para poder sobrevivir. Un último vistazo para asegurarte que todo está como se debe antes de irte a buscar otra cosa para matar el tiempo de una mortal lentitud ya a esta joven edad. El pequeño entusiasmo encendido por esta buena acción es más largo que de costumbre para debilitarse y ceder. Tú te entusiasmabas de buena gana durante esa época pero jamás durante mucho tiempo. Apenas encendido el entusiasmo por alguna buena acción de tu parte o por algún pequeño triunfo sobre tus rivales o por alguna palabra de elogio de tus padres o de tus maestros se debilitaba y cedía dejándote en muy poco tiempo tan frío y melancólico como antes. Aun en esa época. Pero no ese día. Eso fue para concluir en el pasado con una tarde de otoño en que encontraste al puerco espín y tuviste lástima de él de esa manera y sentías todavía la satisfacción llegada la hora de acostarte. Y de rodillas sobre el tapete añadiste al puerco espín a la lista de los seres queridos que todas las noches había que recomendar a Dios. Y dando una y otra vuelta en el calor de las frazadas en espera del sueño sentías todavía una tibieza en el corazón pensando en la suerte que había tenido ese puerco espín de atravesarse en tu camino como lo había hecho. En este caso un sendero de tierra bordeado de boj marchito. Mientras tú estabas ahí interrogándote sobre la mejor manera de matar el tiempo hasta la hora de acostarte él atravesó uno de los bordes y se encaminó derecho hacia el otro cuando tú entraste en su vida. Ahora a la mañana siguiente no sólo el entusiasmo se había apagado sino que un gran malestar había tomado su lugar. La obscura sensación de que tal vez no todo estaba como debiera. Y que en vez de haber hecho lo que tú habías hecho habrías hecho quizá mejor en dejar hacer a la naturaleza y en dejar al puerco espín seguir su camino. Pasaron días enteros si no semanas antes de que tuvieras el valor de regresar a la jaula. Tú nunca has olvidado lo que encontraste entonces. Tú estás de espaldas en la obscuridad y nunca has olvidado lo que encontraste entonces. Esa gelatina. Esa infección.

Amenaza desde hace un momento lo que sigue. La discontinua necesidad de compañía. Momentos en que la suya sin mezcla un alivio. Entonces la voz una intrusa. Igual que la imagen del auditor. Igual que la suya. Queja al mismo tiempo de haberlos provocado y problema cómo terminarlos. En fin ¿qué significa la suya sin mezcla? ¿Qué alivio posible? Quedarse ahí por el momento.

 

Que el auditor se llame H. No muda. Hache. Tú Hache tú estás de espaldas en la obscuridad. Y que él sepa su nombre. Ya no se trata de descubrir cosas no para él. De no ser tomado en cuenta. Aunque por toda evidencia lógicamente ninguna. De un susurro en el pabellón de la oreja ¡preguntarse si es para él! Así es él. Pérdida entonces de esa vaga incertidumbre. Esa débil esperanza. Para él tan privado de ocasiones para sentir. Tan poco apto para sentir. No aspirando sino en la medida en que él solo puede aspirar a no sentir nada. ¿Es eso deseable? No. ¿Ganaría él algo en cuanto a compañía? No. Entonces que ya no se llame H. Qué él sea de nuevo tal como siempre. Sin nombre. Tú.

 

Imaginar más de cerca el sitio donde él yace. Sin exagerar nada. Un indicio en cuanto a su forma y su extensión es proporcionado por la voz a lo lejos. Alcanzándolo de lejos al cabo de un lento reflujo o soltada de un solo golpe o recuperada a lo lejos después de un largo silencio. Y eso tanto de arriba como de todas partes y a todos los niveles al mismo grado de debilitamiento máximo debido al máximo de alejamiento. Jamás de abajo. Hasta ahora. De donde lógicamente el sujeto de espaldas en una rotonda de ancho diámetro de tal suerte que su cabeza ocupa el centro ¿Ancho de cuánto? Vista la debilidad de la voz a su débil máximo unos veinte metros deben bastar sean diez desde la oreja hasta cualquier punto de la superficie envolvente. Esto para la forma y la extensión. ¿Y la materia? ¿Qué indicio suponiendo que existe en cuanto a ella y de dónde? No decidir nada por el momento. El basalto llama. Basalto negro. Pero no decidir nada por el momento. Así cansado de la voz y de su auditor él por su parre imagina. Pero con un poco más de imaginación él se da cuenta haber imaginado equivocadamente. Porque ¿con qué derecho afirme de un sonido débil que se trata de uno menos débil por la distancia y no simplemente de uno más débil soltado a quemarropa? ¿O de uno débil haciéndose más débil mientras se aleja en lugar de adelgazarse partiendo de un mismo lugar? Sin duda de ninguno. De la voz entonces ninguna luz qué esperar sobre la naturaleza del sitio donde yace nuestro viejo auditor. En la penumbra inconmensurable. Sin límites. Quedarse ahí por el momento. Añadiendo tan sólo, ¿Qué clase de imaginación es ésta tan herida de razón? Una especie aparte.

 

Otro imaginando todo para tener compañía. En la misma obscuridad que su criatura o en otra. Imaginar rápido. En la misma.

 

¿No habría modo de beneficiar a la voz? ¿De proporcionarle un comercio más agradable? Suposición de que desde hace algún tiempo ella vaya modificándose. A pesar de que ningún tiempo de ningún verbo en esa conciencia obscura. Todo en todo momento terminado y en curso y sin fin. Pero suposición de que para el otro desde hace algún tiempo ella vaya mejorándose. Mismo tono apagado siempre tal como fue imaginado al principio y misma repetición. Por ahí nada que agregar. Pero menos movilidad. Menos variedad en la debilidad. Como en la búsqueda del sitio óptimo. De dónde soltar con el máximo de efecto. La amplitud ideal para una cómoda audición. Con la preocupación de no ofender al oído por demasiado volumen ni por el exceso contrario obligarlo a forzarse. Cuánto más apto para acompañar sería un órgano así en comparación con aquél apresuradamente imaginado al comienzo. Cuánto mejor en la medida de lograr su objetivo. Reconstruir un pasado al auditor y que él lo reconozca. Tú naciste un viernes santo al final de un largo parto. Sí yo recuerdo. Del mismo modo en que la gota para destruir mejor debe caer sin desviarse sobre el subyacente.

 

Cuando saliste por última vez la tierra estaba cubierta de nieve. Ahora de espaldas en la obscuridad estás esa mañana en el umbral de la puerta cerrada tras de ti. Recargado en la puerta cabeza baja tú te dispones a partir. Cuando vuelves a abrir los ojos tus pies han desaparecido y los faldones de tu abrigo descansan sobre la nieve. La obscura escena parece iluminada desde abajo. Tú te ves en el momento de esa última salida recargado en la puerta con los ojos cerrados en espera de la partida. Fuera de ahí. Enseguida el cuadro a la luz de la nieve. Tú yaces en la obscuridad con los ojos cerrados y te ves entonces como acabas de ser descrito disponiéndote a lanzarte a través de ese manto de luz. Tú escuchas de nuevo la caída del cerrojo lentamente girando y el silencio antes de que pueda darse el primer paso. En fin vete partir ahí por los blancos pastos alegrados con borregos durante la primavera y cubiertos de placentas rojas. Te diriges como siempre derecho por el sendero en el seto de espinos que marca el límite al oeste. Hasta allá desde el comienzo de los pastos necesitas normalmente de mil ochocientos a dos mil pasos según tu humor y el estado del terreno. Pero esa última mañana necesitarás mucho más. Muchos muchos más. La línea recta es tan común para tus pies que podrían en caso necesario mantenerse tus ojos cerrados sin equivocación al cabo de varios pasos costado norte o sur. Por lo demás ninguna otra necesidad que interna lo que normalmente hacen y no solamente aquí. Ya que tú caminas si no con los ojos cerrados aunque eso también la mitad del tiempo al menos manteniéndolos fijos en el suelo momentáneo delante de tus pies. De la naturaleza eso es todo lo que habrás visto. Desde el día en que bajaste la cabeza para siempre. El sol fugitivo delante de tus pies. No cuentas tus pasos. Por la sencilla razón de que todos los días es la misma cifra. El promedio de un día al otro es el mismo. Porque el camino es siempre el mismo. Llevas cuentas de los días y cada diez días multiplicas. Y sumas. La sombra de tu padre ya no está contigo. Ella falló hace mucho tiempo. Tú ya no escuchas tus pasos. Sin ver ni oír tú sigues tu camino. Día tras día. El mismo camino. Como si ya no hubiera otro. Para ti ya no hay otro. Otras veces no te detenías sino para llevar bien tu cálculo. Con el fin de poder volver a partir de cero otra vez. Esa necesidad suprimida como lo hemos visto la de detenerte también lo es en teoría. Con excepción quizás al final del camino para disponerte a regresar. No obstante tú lo haces. Como nunca antes. No por causa de fatiga. No estás más fatigado en el presente que de costumbre. No por causa de vejez. No estás más viejo en el presente que de costumbre. Y sin embargo tú te detienes como nunca antes. Tanto que para los mismos cien metros que otras veces hacías en un tiempo de tres a cuatro minutos necesitas ahora entre quince y veinte. El pie cae por sí solo en medio del paso o cuando le toca despegarse permanece clavado en el piso con estancamiento del cuerpo. Entonces informulable angustia de la que lo esencial, ¿Podrán ellos ir más lejos?, O mejor, ¿Van a ir ellos más lejos? Lo esencialmente estricto. Tú yaces en la obscuridad con los ojos cerrados y ves la escena. Como no podías en ese entonces. La obscura bóveda del cielo. La tierra resplandeciente. Tú detenido en el medio. Los botines hundidos hasta los tobillos. Los faldones del abrigo descansando en la nieve. En el viejo bombín la vieja cabeza baja muda de angustia. En medio de los pastos a la mitad del sendero. Esa línea recta. Ves para atrás como no podías entonces y ves tus huellas. Una gran parábola. En sentido contrario al de las manecillas. Como en el infierno. Como sí de pronto el corazón demasiado pesado. Al final demasiado pesado.

 

La flor de la edad. Imaginar un aroma de muestra. De espaldas en la obscuridad recuerdas. Día de abril sin nubes. Ella te alcanza en la cabaña. Rústico hexaedro. Hecho por completo con trozos de abeto y de alerce. Diámetro dos metros. Altura tres. Superficie del suelo alrededor de los tres metros cuadrados. Dos pequeñas ventanas abigarradas frente a frente. Pequeños cristales de colores biselados. Bajo cada una un reborde. Aquí en el verano el domingo después de la comida de mediodía a tu padre le gustaba retirarse acompañado de Punch y de un cojín. Sentado sobre un reborde la cintura de su pantalón desabotonada él pasaba las páginas. Tú enfrente sobre el otro los pies colgando. Cada vez que él reía tú intentabas reír también. Cuando su risa se apagaba la tuya también. Eso le gustaba y le divertía mucho que tú quisieras imitar su risa y a veces le sucedía reír sin motivo con el único fin de escucharte tratar de reír también. De cuando en cuando te volteas y miras por un cristal rosa. Pegas tu nariz al vidrio y ves todo el exterior color de rosa. Los años han pasado y estás ahí en el mismo lugar que entonces bañado de luz irisada los ojos fijos en el vacío. Ella tarda. Cierras los ojos y emprendes el cálculo del volumen. En los momentos difíciles te vuelves de buena gana hacia las simples operaciones de aritmética. Como hacia una ensenada. Llegas finalmente a más o menos siete metros cúbicos. Todavía ahora en la obscuridad fuera del tiempo las cifras te reconfortan. Supones cierto ritmo cardíaco y calculas cuántas palpitaciones por día. Por semana. Por mes. Por año. Y suponiendo un cierto lapso de vida por vida. Pero por el momento como no tienes en tu pasivo sino una decena de billones norteamericanos estás otra vez sentado en la cabaña tratando de calcular su volumen. Siete metros cúbicos más o menos. Por misteriosas razones esa cifra te parece improbable y vuelves a comenzar tu cálculo desde cero. Pero apenas empezado su paso ligero se hace escuchar. Ligero para una mujer de su corpulencia. Con el corazón acelerado abres los ojos y al cabo de un instante su rostro aparece en la ventana. Azul casi por completo vista desde tu lugar la palidez natural que tú admiras tanto como sin duda vista desde el suyo por completo azul la tuya. Porque la palidez natural es una característica que les es común. Los labios violetas no devuelven tu sonrisa. Ahora tomando en cuenta que esa ventana vista desde tu sitio se encuentra al nivel de tus ojos y por otra parte que el piso está casi al ras del suelo exterior no puedes dejar de preguntarte si ella no está de rodillas. Sabiendo por experiencia que la estatura o tamaño que les es común es la suma de segmentos iguales. Porque cuando derechos de pie o acostados completamente extendidos ustedes se colocan frente a frente el uno pegado al otro entonces sus rodillas se tocan así como sus pubis y sus cabellos se enmarañan. ¿Habría que concluir que la pérdida de estatura para el cuerpo sentado es la misma que para el que está de rodillas? Aquí tú cierras los ojos con el fin de medir mejor y comparar mentalmente los primeros y segundos segmentos de la planta a la rótula y de ahí a la cintura pélvica. ¡Cómo te entregabas completamente despierto al ojo cerrado! De día y de noche. A esa obscuridad perfecta. Esa luz sin sombra. Tan sólo por ausentarte. O por motivos como éste. Aparece una sola pierna. Tú separas tus segmentos y los extiendes uno junto al otro. Es como lo sospechabas. El superior es el más largo y por consecuencia más grande la pérdida del sentado cuando el sitio está a la altura de la rodilla. Dejas ahí los pedazos y al volver a abrir los ojos la encuentras sentada frente a ti. Silencio. Los labios rojos no devuelven tu sonrisa. Tus ojos bajan hasta su pecho. No recuerdas haberla visto tan llena. A su vientre. Misma impresión. Se confunde con el de tu padre desbordando la cintura desabotonada. ¿Estará embarazada sin que tú ni siquiera hayas pedido su mano? Te abstraes. Ella también sin que tú lo sepas ha cerrado los ojos. Ahí están sentados de esa forma en la cabaña. En esa luz irisada. Ese silencio.

 

Agotado por ese derroche de imaginación él se detiene y todo se detiene. Hasta el momento en que invadido de nuevo por la necesidad de compañía comienza a llamar al auditor M por lo menos. Para facilitar la localización. Él mismo con otro carácter. W. Imaginando todo él mismo incluido para tener compañía. En la misma obscuridad que M según los últimos informes. En qué postura y si fijo o móvil todavía no imaginado. Él dice también hablando de sí, La última vez que él habló de sí fue para decirse en la misma obscuridad que su criatura. No en otra como anteriormente considerado. En la misma. En tanto que más apta para acompañar. Y que faltaba por imaginar su postura. Y si fija o móvil. ¿Cuál de todas las posturas imaginables podría a la larga cansar menos? Entre el movimiento y el reposo ¿cuál se revelaría a largo plazo más entretenido? Y al mismo tiempo de un solo impulso demasiado pronto para saber y por qué después de todo no decir sin esperar más lo que más tarde puede ser desmentido y si por casualidad eso no se podía. ¿Entonces? ¿Podría él ahora si lo juzgaba preferible retirarse de la obscuridad que según los últimos informes tuvo su preferencia e ir a otra completamente distinta lejos de su criatura? Si él se decidiera ahora por seguir ahí y más adelante lo lamentara ¿podría él entonces ponerse de pie por ejemplo y recargarse en un muro o caminar un momento? ¿Se dejaría M reimaginar en una mecedora? ¿Libres las manos de ir en su ayuda? Ahí en la misma obscuridad que su criatura él se marcha por las buenas expuesto a esas perplejidades preguntándose al mismo tiempo en lo más profundo de su espíritu como le sucede algunas veces si los males del mundo serían siempre lo que eran. De su tiempo.

 

M hasta ahora como sigue. De espaldas en un sitio obscuro de formas y dimensiones todavía por imaginar. Auditor intermitente de una voz de la que a veces se pregunta si está destinada para él en lugar de para otro que esté en el mismo caso. Porque nada impide cuando ella describe correctamente su estado que la descripción no sea en beneficio de otro en la misma situación. Dudas poco a poco defraudadas a medida que la voz en lugar de diseminarse por todas partes se concentra en él. Cuando ella para el único sonido la respiración de él. Cuando ella para mucho tiempo débil esperanza en vano. Actividad mental de las más mediocres. Ocasionales chispas de razonamiento inmediatamente extinguidas. Esperanza y desesperanza para no nombrar sino a ese viejo tandem apenas resentidas. Sobre los orígenes de su estado actual ninguna aclaración. Nada de ahí que relacionar con aquí ni de entonces con ahora. Sólo los párpados se mueven. Cuando el ojo harto de la obscuridad de afuera y de adentro se cierran y abren respectivamente. Esperanza no muerta de otros pequeños movimientos limitados. Pero ninguna mejoría que señalar por ese lado hasta el momento. O sobre un plano más elevado en provecho de la compañía por un movimiento de tristeza mantenida por ejemplo o de apetito o de remordimiento o de curiosidad o de cólera y así por el estilo. O por un acto cualquiera de inteligencia suficientemente satisfactorio para que él pueda decirse por ejemplo hablando de sí, Ya que él no sabe pensar que no lo intente. Queda por añadir a este croquis. Su indesignabilidad. Aun M debe saltar. Así W recuerda a su criatura tal como fue creada hasta ahora. ¿W? Pero él también es criatura. Quimera.

 

Luego otro todavía. De quien nada. Creándose quimeras para atenuar su nada. Silencio de inmediato. Un instante y de nuevo enloquecido para sus adentros, De inmediato silencio de inmediato.

 

Imaginando imaginado imaginando todo para tener compañía. En la misma obscuridad quimérica de sus otras quimeras. En qué postura y si sí o no tal como el auditor en la suya de una vez por todas todavía no determinada. ¿No basta con un solo inmóvil? ¿De qué sirve repetir ese factor de consuelo? Entonces que se mueva. Con moderación. En cuatro patas. Un arrastre moderado. El torso bien separado del suelo y el ojo atento en la dirección del camino. Si eso no vale más la pena que nada anular si es posible. Y en el vacío recuperado otra moción. O ninguna. Entonces tampoco imaginar la postura más benéfica. Pero por el momento que se arrastre. Se arrastre y caiga. Se arrastre de nuevo y vuelva a caer. En la misma obscuridad quimérica de sus otras quimeras.

 

Habiendo errado durante mucho tiempo como extraviada la voz encuentra su lugar y su debilidad final. ¿Su lugar dónde? Imaginar con circunspección.

 

Por arriba del rostro volteado. En la vertical del occipucio. De tal forma que con la débil luz que ella despide si hubiera una boca que ver él no la vería. Por más desesperadamente que él mueva los ojos. ¿Altura del suelo? Al alcance del brazo. ¿Fuerza? Débil. Como la de una madre que se inclina por detrás sobre la cabecera de la cuna. Ella se aparta para que el padre pueda ver. Él por su parte murmura al recién nacido. Tono apagado sin cambios. Ningún indicio de amor.

 

Tú estás de espaldas al pie de un álamo. Bajo su vacilante sombra. Ella recostada en ángulo recto apoyada sobre los codos. Tus ojos cerrados acaban de hundirse en los suyos. En la penumbra tú vuelves a sumergirte en ellos. Todavía. Sientes en la cara la punta de sus largos cabellos negros moverse en el aire inmóvil. Bajo la maraña de los cabellos se ocultan sus rostros. Ella susurra, Escucha las hojas. Mirándose a los ojos ustedes escuchan las hojas. Bajo su vacilante sombra.

 

Arrastrándose entonces y cayendo. Arrastrándose de nuevo y de nuevo cayendo. Si a fin de cuentas eso no ayuda en nada él siempre puede caer de una buena vez por todas. O nunca haberse puesto de rodillas. Imaginar en qué forma un arrastre tal podría servir al contrario de la voz para levantar un plano del lugar. De entrada ¿cuál es la unidad reptil? Correspondiente a la zancada del vagabundo. Él se pone en cuatro patas y se prepara para comenzar. Manos y rodillas en los ángulos de un rectángulo con un largo de dos pies y un ancho a discreción. Finalmente digamos que la rodilla derecha avanza seis pulgadas reduciendo así un cuarto la distancia entre ella y la mano homóloga. La que por su parte cuando se desea avanza otro tanto. Y ahí está nuestro rectángulo transformado en rombo. Pero sólo el tiempo necesario para que la rodilla y la mamo izquierda hagan otro tanto. Con lo que se regresa al rectángulo. Así ininterrumpidamente hasta que él cae. Es ésa la ambladura del rastrero y de todas sus formas de andar sin duda la menos corriente. Por lo tanto sin duda la más divertida.

 

Mientras él se arrastra el cálculo mental. Grano a grano en la cabeza. Uno dos tres cuatro uno. Rodilla mano rodilla mano dos. Un pie. Hasta que al cabo digamos de cinco él cae. Luego tarde o temprano delante de cero otra vez. Uno dos tres cuatro uno. Rodilla mano rodilla mano dos. Seis. Así sigue. En línea recta en la medida de lo posible. Hasta el momento en que no habiendo encontrado obstáculo avergonzado él vuelve sobre sus pasos. Desde cero de nuevo. O se va en otra dirección completamente distinta. En línea recta de la mejor manera que puede. E incluso ahí sin el menor descanso para su pena termina por desistir y por cambiar una vez más de rumbo. De nuevo desde cero. Sabiendo oportunamente o dudando poco de hasta qué grado la penumbra puede desviar. Hacia la izquierda a causa del corazón. Como en el infierno. O por el contrario convertir en rectilínea la elipse deliberada. Cualesquiera que sea se arrastra alegremente ningún límite hasta el momento. Rodilla mano rodilla mano. Penumbra sin límites.

 

¿Es razonable imaginar al auditor en estado de perfecta inercia mental? Salvo en los momentos en que él escucha. Es decir en los momentos en que la voz se hace escuchar. Porque ¿qué es lo que le está permitido escuchar aparte de la voz y de su respiración? Mmh. El arrastre. ¿Escucha el arrastre? ¿La caída? Qué ayuda para la compañía sería que él pudiera escuchar el arrastre. La caída. La vuelta a cuatro patas. La continuación del arrastre. Preguntándose lo que mi Dios tales ruidos pueden significar. Reservar para un más tarde más vacío. Y aparte del sonido ¿qué es lo que podría animar a su espíritu? ¿La vista? ¿Cómo no declarar que no hay nada que ver? Pero demasiado tarde por el momento. Porque él percibe un cambio de obscuridad cuando cierra o abre los ojos. Y que en principio él percibe la débil luz que desprende la voz tal como fue imaginada. Apresuradamente imaginada. Luz infinitamente débil de acuerdo porque apenas más que un susurro. Ahora observado de repente cómo los ojos se cierran desde la primera sílaba enunciada. Suponiéndolos abiertos en ese momento. De manera que esa luz del modo en que termina por ser apenas es apenas percibida a la mitad de un parpadeo. ¿El sabor? ¿El sabor de su boca? Aceptado desde mucho tiempo atrás. ¿El empuje del suelo contra su esqueleto? De una extremidad a la otra desde el calcáneo hasta la protuberancia de filogenitividad. ¿Un gusto por moverse no podría atenuar su apatía? ¿A voltearse de lado? O sobre el vientre. Para cambiar. Que le sea concebido ese mínimo de necesidad. Y al mismo tiempo la felicidad de saber superada la época en que era libre de retorcerse en vano. ¿El olfato? ¿Su propio olor? Aceptado desde mucho tiempo atrás. Y obstáculos a otros si es que hay. Por ejemplo en un momento dado una rata muerta desde hace mucho tiempo. O de alguna otra carroña. Todavía por imaginar. A menos que el rastrero no huela. Mmh. El creador rastrero. ¿Sería razonable imaginar que al mismo tiempo que se arrastra el creador huele? Todavía más fuerte que su criatura. Y que llegue así a asombrarse ese espíritu tan negado al asombro. A asombrarse de ese extraño olor. ¿De quién o de qué mi Dios ese tufo nauseabundo? Cómo ganaría él como compañero si tan sólo su creador pudiera oler. Si tan sólo él pudiera oler a su creador. ¿Un sexto sentido cualquiera? ¿Inexplicable premonición de una desgracia inminente? ¿Sí o no? No. ¿De la razón pura? De este lado de la experiencia. Dios es amor ¿Sí o no? No.

 

El creador rastrero es la misma obscuridad creada que su criatura ¿puede crear mientras se arrastra? Pregunta que entre otros se hacía estirado entre dos paseos. Y si la respuesta evidente se imponía al espíritu no era tan evidente saber la más ventajosa. Y necesitó muchos y muchos viajes y al mismo número de postraciones antes de poder hacerse finalmente una imaginación al respecto. Añadiendo simultáneamente de un solo tirón para él solo sin convicción que ninguna respuesta de su parte era sagrada. Pase lo que pase la que él aventuró para concluir era negativa. No él no podía. Asunto demasiado serio el de arrastrarse en la obscuridad de la manera antes imaginada y demasiado absorbente para no excluir cualquier otra actividad no fuera sino la de cosificar una parcela de la nada. Ya que él debía pasearse no sólo de esa manera especial demasiado apresuradamente imaginada sino también en línea recta por encima de lo andado en la medida de lo posible. Y por lo demás contar mientras se va añadiendo medio paso a medio paso y retener en la memoria la suma siempre variable de los ya contabilizados. Y en fin mantener alertas los ojos y las orejas para descubrir el mínimo indicio respecto a la naturaleza del lugar donde su imaginación lo había sin duda atropelladamente consignado. Deplorando entonces una imaginación tan herida de razón sin olvidar al mismo tiempo cuán revocables sus exaltaciones no pudo al fin sino responder que él no podía. No podía crear razonablemente mientras se arrastraba en la misma obscuridad creada que su criatura.

 

Una playa. El atardecer. La luz agoniza. Ninguna pronto ella ya no agonizará. No. Nada de eso porque ninguna luz. Ella agonizaba hasta el alba y jamás moría. Tú estás parado de espaldas al mar. Único ruido el suyo. Siempre más débil a medida que suavemente se aleja. Hasta el momento en que suavemente regresa. Tú te apoyas en un alto bastón. Tus manos descansan en el puño y sobre ellas tu cabeza. Si llegaran a abrirse tus ojos verían primero a lo lejos en los últimos resplandores los faldones de tu abrigo y los tobillos de tus botines sumidos en la arena. Que desaparezca de tu vista. Noche sin luna ni estrellas. Si tus ojos llegaran a abrirse la penumbra se aclararía.

 

Se arrastra y cae. Yace. Respira con los ojos cerrados en la obscuridad. Se incorpora. Físicamente decepción de haberse arrastrado otra vez para nada. Diciéndose quizás. A fin de cuentas ¿para qué arrastrarse? Por qué no simplemente yacer con los ojos cerrados en la obscuridad y renunciar a todo. Y terminar con todo. Con el insignificante arrastre y las quimeras inútiles. Pero si le ocurre perder ánimos en esa forma nunca es por largo tiempo. Porque poco a poco en su corazón de desilusionado la necesidad de compañía renace. O escapar de la suya. La necesidad de escuchar esa voz de nuevo. No fuera sino diciendo de nuevo, Tú estás de espaldas en la obscuridad. O incluso, Tú naciste en la tarde del día en que bajo el cielo obscuro en la novena hora Cristo gritó y murió. La necesidad los ojos cerrados para comprender mejor de ver esa luz esparcida. O con añadidura de alguna humana debilidad por mejorar al auditor. Como por ejemplo una comezón fuera del alcance de su mano o mejor al alcance de su mano inerte. Una comezón que no se puede rascar. Qué ayuda para la compañía sería eso. O en última instancia para mejor final la cuestión de saber qué es lo que él entiende exactamente al hablar de sí por la vaga indicación de que él yace. ¿Cuál en otras palabras de todas las innumerables maneras de yacer tiene más posibilidades de gustar a la larga? Si habiéndose arrastrado de la manera especificada él cae normalmente sería de frente. Dado su grado de fatiga y de desaliento en ese momento le sería difícil hacerlo de otro modo. Pero una vez bien tendido nada le impide girar sobre uno u otro de sus dos costados o sobre su única espalda y permanecer así si alguna de estas tres posturas se revela más entretenida que alguna de las otra tres. Esa de espaldas a pesar de su encanto debe ser descartada finalmente por haber sido ya proporcionada por el auditor. En cuanto a las laterales un solo vistazo las elimina. No queda entonces sino la postración. ¿Pero de qué modo? ¿Postrado de qué modo? ¿Cómo poner las piernas? ¿Los brazos? ¿La cabeza? Tirado en la obscuridad él se empeña en querer ver cómo puede estar mejor tirado. De qué modo lo mejor tirado posible hacerse compañía.

 

Precisar la imagen del auditor. De todas las maneras de mantenerse de espaldas ¿cuál será a la larga menos cansada? Tirado los ojos cerrados abiertos en la obscuridad él termina por comenzar a entrever. Pero de entrada ¿desnudo o vestido? Aunque sólo fuera con una sábana. Desnudo. Espectral a la luz de la voz esa carne de una blancura de hueso como compañía. La cabeza reposando en lo esencial sobre la protuberancia occipital antes citada. Las piernas juntas en posición de firmes. Los pies separados en ángulo recto. Las manos con esposas invisibles juntas sobre el pubis. Otros detalles según las urgencias. Dejarlo así por el momento.

 

Abatido por los males de tu especie levantas sin embargo la cabeza del apoyo de las manos y abres los ojos. Te unes sin moverte de tu sitio con la luz de arriba de tu cabeza. Tus ojos caen sobre el reloj bajo tus ojos. Pero en lugar de ver la hora de la noche siguen los giros del segundero al que su sombra a veces precede y a veces sigue. Horas más tarde te parece de la siguiente forma. A los 60 segundos y a los 30 la sombra desaparece bajo la aguja. De 60 a 30 la sombra precede a la manecilla a una distancia que va aumentando de cero a 60 hasta su máximo en 15 y de ahí disminuyendo hasta el nuevo cero a 30. De 30 a 60 la sombra sigue a la aguja a una distancia que va creciendo de cero a 30 hasta su máximo en 45 y de ahí decreciendo hasta el nuevo cero a 60. Que ahora tú hagas caer de lado la luz sobre el reloj desplazando una u otro de un lado o del otro y entonces la sombra desaparece bajo la manecilla en dos puntos distintos como por ejemplo en 50 y en 20. En dos puntos distintos según el grado de inclinación. Pero cualquiera que sea éste y partiendo de la diferencia entre los primeros y los nuevos puntos de sombra cero la distancia de uno a otro es siempre de 30 segundos. La sombra surge de abajo de la aguja en no importa qué punto de su circuito para seguirla o precederla el espacio de 30 segundos. Luego desaparece otra vez durante una fracción incalculable de segundo antes de salir de nuevo para precederla o seguirla una vez más. Y así sin descanso. Esa es aparentemente la única constante. Porque la propia distancia entre la aguja y su sombra varía también según el grado de inclinación. Pero cualquiera que sea la distancia va creciendo y decreciendo invariablemente de cero hasta su máximo 15 segundos más tarde y otros 15 segundos después a cero incluso respectivamente. Y así sin descanso. Esa sería una segunda constante. Tú habrías podido observar mucho más con relación a ese segundero y su sombra en su recorrido paralelo aparentemente sin descanso alrededor de la esfera y tal vez desprender otras variables y constantes y corregir eventuales errores en lo que te había parecido hasta entonces. Pero no aguantando más tú dejas caer la cabeza ahí donde estaba y con los ojos cerrados regresas a los males de tu especie. El alba te sorprende en esa misma postura. Por la ventana del lado al mar el sol bajo te ilumina y proyecta en el suelo tu sombra y la de la lámpara iluminada arriba de tu cabeza y también las de otros objetos.

 

¡Qué visiones en la penumbra de luz! ¿Quién dice eso? El que pregunta quién dice, ¡Qué visiones en la penumbra sin sombra de luz y de sombra! ¿Todavía otro de nuevo? Imaginando todo para acompañarse. Qué ayuda para la compañía sería esto. Todavía otro imaginando todo de nuevo para acompañarse. De inmediato silencio de inmediato.

 

Para terminar a cualquier precio bien o mal cuando tú ya no podías salir te quedabas en cuclillas en la obscuridad. Habiendo recorrido desde tus primeros pasos alrededor de treinta mil leguas o sea unas tres veces la vuelta al mundo. Sin alejarte nunca de la claridad de tu casa. ¡Tu casa! Así estaba esperando poder purgarse el viejo laudista que arrancó a Dante su primera sonrisa y tal vez ya por fin en algún rincón perdido del paraíso. A quien aquí en todos los casos adiós. El lugar no tiene ventana. Cuando vuelves a abrir los ojos la obscuridad se aclara. Tú por lo tanto ahora de espaldas en la obscuridad estabas antes en cuclillas. Tu cuerpo habiéndote enterado que ya no podía salir. Ya no andar los rincones de los pequeños caminos de pueblo y pastos alternos ya alegrados con rebaños ya desiertos. Teniendo a tu lado durante largos años la sombra de tu padre en tus viejos andrajos de vagabundo luego durante largos años solo. Añadiendo paso a paso tus pasos a la suma siempre en aumento de los ya recorridos. Deteniéndote de vez en cuando con la cabeza baja para determinar el último total. Luego otra vez adelante de cero. Acuclillado así te imaginas que ya no estás solo sabiendo muy bien que no ha pasado nada que pueda volver posible eso. El proceso continúa sin embargo rodeado por decirlo así de su absurdo. Tú no te murmuras palabra por palabra, yo sé condenado al fracaso lo que hago y no obstante persisto. No. Porque la primera persona del singular e incidentalmente con mayor razón del plural nunca ha figurado en tu vocabulario. Pero es así que mudo tú te observas del mismo modo en que a un desconocido contagiado digamos de la enfermedad de Hodgkin o si se prefiere de Percival Pott sorprendido mientras reza. De tarde en tarde con una gracia inesperada te tiendes. Simultáneamente las distintas partes se trastornan. Los brazos sueltan a las rodillas. La cabeza se incorpora. Las piernas se despliegan. El tronco se inclina para atrás. Y junto con otros incontables prosiguen sus respectivos caminos hasta ya no poder más y todos se detienen. Ahora de espaldas retomas tu fábula en el punto en que el acto de estiramiento acaba de terminar. Y persistes hasta que la operación inversa se vuelve a parar en seco. Así en la penumbra ya en cuclillas ya de espaldas sufres en vano. Y así como de la primera postura a la segunda el paso se hace más fácilmente con el tiempo y de más buena gana asimismo es lo contrario para lo contrario. Tanto que de postura ocasional el estiramiento se vuelve habitual y para terminar la regla. Ahora tú de espaldas en la obscuridad no te volverás a sentar para rodear las piernas con tus brazos y bajar la cabeza hasta ya no poder más. Pero con el rostro volteado sufrirás en vano por tu fábula. Hasta que al fin escuches y concluyas que las palabras llegan a su fin. Con cada palabra inútil más cerca de la última. Y con ellas la fábula. La fábula de otro contigo en la obscuridad. La fábula de ti fabulando a otro contigo en la obscuridad. Y de lo que se deduce más vale finalmente tiempo perdido y tú tal como siempre.

Solo.


 

SOBRESALTOS

Traducción de Antonio Marquet

Uno

Sentado una noche a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Una noche o un día. Pues aunque apagada su luz no se quedaba a oscuras. Le venía entonces de la única alta ventana una apariencia de luz. Debajo de ella todavía el banco en el cual se subía a ver el cielo hasta ya no poder desearlo. Si no se asomaba para ver cómo era abajo era quizá porque la ventana no estaba hecha para abrirse o porque no podía o no quería abrirla. Quizá sabía perfectamente cómo era abajo y ya no deseaba verlo. Tan bien que permanecía simple y llanamente allí encima de la lejana tierra viendo a través del vidrio nublado el cielo sin nubes. Tenue luz invariable sin par en su memoria de días y noches de antaño en los que la noche venía puntualmente a relevar al día y el día a la noche. Única luz pues apagada la suya de ahora en adelante aquélla le llegaría del exterior hasta que a su vez se apagara dejándolo en la oscuridad. Hasta que él a su vez se apague.

 

Una noche pues o un día sentado a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Primero levantarse sin más pegado a la mesa. Luego volver a sentarse. Luego levantarse nuevamente pegado a la mesa nuevamente. Luego partir. Comenzar a partir. Con pies invisibles comenzar a partir. A pasos tan lentos que sólo el cambio de sitio lo probaba. Como cuando desaparecía mientras aparecía nuevamente en un nuevo sitio. Luego desaparecía nuevamente mientras aparecía más tarde en un nuevo sitio nuevamente. Así iba desapareciendo cada vez mientras aparecía luego nuevamente en un nuevo sitio nuevamente. Nuevo sitio en el lugar en el que sentado a su mesa con la cabeza en las manos. Mismo sitio y misma mesa que cuando Darly murió y lo abandonó. Que cuando otros a su vez antes y después. Hasta que él por fin a su vez. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo que volviera a desaparecer que ya no reapareciera. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando ver si sí o no. Si sí o no nuevamente solo sin esperar nada nuevamente.

 

Visto siempre por la espalda donde quiera que fuera. Mismo sombrero y mismo abrigo que en la época de la errancia. Tierra adentro. Ahora como alguien en un sitio desconocido en busca de la salida. En las tinieblas. A ciegas en las tinieblas del día o de la noche de un sitio desconocido en busca de la salida. De una salida. Hacia la errancia de antaño. Tierra adentro.

Un reloj lejano tocaba la hora y la media. El mismo que en la época en la que Darly entre otros murió y lo abandonó. Toquidos ya claros como llevados por el viento ya apenas en tiempo sereno. También gritos ya claros ya apenas. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo cuando tocaba la hora que ya nunca la medía. Igual que cuando tocaba la media. Igual cuando los gritos cejaban un momento. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando escuchar.

 

Hubo un tiempo en el que de tiempo en tiempo levantaba la cabeza suficientemente para ver las manos. Lo que de ellas había que ver. Una extendida en la mesa y sobre ella extendida la otra. En reposo después de todo lo que hicieron. Levantaba su finada cabeza para ver sus finadas manos. Luego la reposaba en ellas en reposo también ella. Después de todo lo que ella hizo.

 

Mismo sitio que aquél desde el cual cada día se iba a errar. Tierra adentro. Al que cada noche regresaba a dar vueltas en la sombra aunque pasajera de la noche. Ahora como desconocido al que vio levantarse y partir. Desaparecer y reaparecer de nuevo en un nuevo sitio. Desaparecer otra vez y aparecer otra vez en otro nuevo sitio. O en el mismo. Ningún índice de que no el mismo. Ninguna pared señal. Ninguna mesa señal. En el mismo sitio que en el que daba vueltas todo sitio como uno mismo. O en otro. Ningún índice de que no otro. Donde nunca. Levantarse y partir en el mismo sitio de siempre. Desaparecer y reaparecer en otro donde nunca. Ningún índice de que no otro donde jamás. Sólo los toquidos. Los gritos. Los mismos de siempre.

 

Luego tantos toquidos y gritos sin que hubiera reaparecido que quizá ya no reaparecería. Luego tantos gritos desde los últimos toquidos que quizá ya no habría. Luego tal silencio desde los últimos gritos que quizá ya no habría más. Como quizá el final. O quizá solamente un remanso. Luego todo como antes. Los toquidos y los gritos como antes y él como antes ya allí ya ausente ya allí nuevamente ya nuevamente ausente. Luego el remanso nuevamente. Luego nuevamente como antes. Así una y otra vez. Y paciencia esperando el único verdadero fin de las horas y de la pena tanto de sí como del otro es decir la suya.

 

Dos

Como alguien que posee toda su cabeza nuevamente fuera en fin sin saber cómo se había encontrado tan poco tiempo antes de preguntarse si poseía toda su cabeza. Pues de alguien que no posee toda su cabeza ¿se puede razonablemente afirmar que se lo pregunta y que además se encuentra bajo pena de incoherencia se obstina en este rompecabezas con todo lo que le queda de razón? Por lo tanto fue bajo la especie de un ser más o menos razonable como emergió por fin sin saber cómo en el mundo exterior y no había vivido más de seis o siete horas del reloj antes de comenzar a preguntarse si poseía toda su cabeza. Mismo reloj cuyos toquidos daban la hora y la media cuando en su reclusión y por lo tanto primero naturalmente para tranquilizarlo antes de ser finalmente una fuente de preocupación ya que no más claros ahora que cuando acallados en principio por sus cuatro paredes. Luego buscó consuelo pensando en quien al caer la noche se apresura hacia el ocaso para ver mejor a Venus y no encontró ninguno. Sucedía lo mismo con el único sonido diferente que anima su soledad el de los gritos mientras subsistía perdiendo sufrimiento a su mesa con la cabeza en las manos. Sucedía lo mismo con la procedencia de los toquidos y los gritos en tanto que tan ilocalizable al aire libre como normalmente desde el interior. Obstinándose en todo eso con todo lo que le quedaba de razón buscó consuelo pensando que su recuerdo del interior dejaba qué desear y no encontró ninguno. A su pena se agregaba su caminar silencioso como cuando descalzo recorría su suelo. Así todo oído de peor en peor hasta cejar hasta de escuchar de oír y ponerse a mirar a su alrededor. Resultado finalmente estaba en un prado lo cual por lo menos tenía la ventaja de explicar su caminar silencioso antes un poco más tarde como para excusarse de incrementar su turbación. Pues no tenía recuerdo de ningún prado desde cuyo corazón mismo no fuera visible algún límite desde el cual siempre a la vista algún lado un confín cualquiera como una cerca u otra forma de frontera que no debía franquearse. Circunstancia agravante al mirar de más cerca la hierba ésta no era de la que creía acordarse es decir verde y en la que pacían los diferentes herbívoros sino larga y de color grisáceo incluso blanca en partes. Luego buscó consuelo pensando que su recuerdo del exterior dejaba quizá qué desear y no encontró ninguno. Así todo ojos de peor en peor hasta cejar de ver de mirar alrededor de él o con atención y ponerse a pensar. Con ese fin a falta de una piedra sobre la cual sentarse como Walther y cruzar la pierna no encontró algo mejor que quedarse allí de pie inmóvil lo cual hizo después de dudarlo brevemente y por supuesto que inclinar la cabeza como alguien abismado en sus pensamientos lo cual hizo también después de dudarlo otra vez brevemente.

 

Pero pronto cansado de hurgar en esas ruinas retomó su paso a través de las largas pálidas hierbas resignado a ignorar dónde estaba y cómo llegó o a dónde iba y cómo regresar al sitio del cual ignoraba cómo había partido.

Así iba ignorando todo y con ningún fin a la vista. Ignorando todo y además sin deseo alguno de saber ni a decir verdad sin ninguno de ninguna clase y por consiguiente sin remordimientos tan sólo hubiera deseado que cesaran de una buena vez los toquidos y los gritos y lamentaba que no. Toquidos ya apenas ya claros como traídos por el viento pero no sopla nada y gritos ya claros ya apenas.

 

Tres

Así estaba antes de quedar inmóvil nuevamente cuando en sus oídos desde lo más profundo de sí oh cómo sería y aquí una palabra perdida terminar allí en donde nunca jamás. Luego largo silencio largo simplemente o tan largo que quizá ya nada y luego nuevamente desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería y aquí la palabra perdida allí donde nunca antes. En todo caso sea lo que sea lo que haya podido ser terminar y así una y otra vez acaso no estaba ya allí mismo en donde se encontraba inmóvil en el mismo sitio y doblado en dos y sin cesar en sus oídos desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería tal y así una y otra vez ¿no se encontraba ya si se da crédito a sus ojos allí donde nunca antes? Pues incluso alguien como él al encontrarse una vez en un sitio semejante ¿cómo no se hubiera estremecido al volverse a encontrar lo cual él no había hecho y habiéndose estremecido buscado consuelo pensando diciéndose que habiendo encontrado el medio de salir de ello entonces podía volverlo a encontrar para volver a salir una vez más lo cual tampoco había hecho? Allí entonces todo este tiempo en donde nunca antes y a dondequiera que buscara con los ojos ningún peligro o esperanza según el caso de salir alguna vez de allí. Era necesario pues como si nada persistiera ya en una dirección ya en otra o por el contrario ya no moverse según el caso es decir según esa palabra perdida que si resultaba negativa como desgraciado o malvenido por ejemplo entonces evidentemente a pesar de todo lo primero y en caso contrario evidentemente lo otro es decir ya no moverse. Como a título de ejemplo el lío en su mente supuestamente hasta ya nada desde lo más profundo que apenas de vez en vez oh terminar. Sin importar cómo sin importar dónde. Tiempo y pena y sí mismo por decir algo. Oh terminar todo.

 

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