El imperio Romano


La historia de Palestina está estrechamente ligada a la de Roma a partir del siglo 1 a. C. Para comprenderla mejor, es necesario desplegar rápidamente ese telón de fondo que constituye el imperio romano, recordando su situación política, geográfica, social y económica.

SITUACION POLITICA

En el siglo I a.C. Roma, dueña de la mayor parte del mundo mediterráneo, conoce una profunda evolución. Carente de la infraestructura administrativa necesaria, la vieja ciudad‑estado que es Roma asume difícilmente la dirección de este inmenso imperio. Los gobernadores que envía no siempre son esos magistrados rapaces que pinta la imaginación tradicional, pero la verdad es que las provincias tienen que soportar con frecuencia su gestión egoísta, sin una verdadera política de fusión. Esta ruptura entre Roma y su imperio territorial refuerza el poder de los jefes militares, de manera que el senado sólo controla de modo muy imperfecto la política exterior de la que es teóricamente responsable. Al mismo tiempo, en el plano interior, las instituciones tradicionales parecen incapaces de resolver los conflictos entre los hombres y las facciones. Las guerras civiles que explotan en el 49 a.C. y que desgarran el conjunto del mundo romano durante más de quince años son la conclusión de esta violencia endémica.

Estas guerras no son más que batallas e intrigas que brotan sin cesar. Enfrentan en primer lugar a César con Pompeyo. A la muerte de éste, en el año 48, después de la batalla de Farsalia, César combate a los jefes del partido «republicano». Su asesinato el año 44 abre nuevos conflictos: el joven César, llamado comúnmente Octavio, hijo adoptivo de César, persigue a los asesinos de su padre y lucha luego contra las ambiciones de Marco Antonio, que es vencido en Actium el año 31. No nos interesan aquí los detalles de estas guerras; lo esencial es que recordemos cómo, a través de las ambiciones personales, se ponían realmente de manifiesto varias concepciones del poder. Por una parte, los «republicanos» defienden las instituciones tradicionales de la ciudad‑estado, mientras que César intenta establecer un poder personal, inspirado ampliamente en el ideal del jefe que desarrollaron las monarquías helenistas. Marco Antonio parece ser que tenía concepciones semejantes, aunque en un grado menor. Octavio, por el contrario, sacando la lección de los anteriores fracasos, pensó en una solución más moderada. Conservó aparentemente las instituciones republicanas y dejó en su sitio las magistraturas antiguas, pero monopolizó algunas funciones y títulos que le aseguraron de hecho el poder político, militar y religioso.

Además, el nuevo soberano ‑que (leva el titulo de Augusto a partir del año 27 a.C.‑ tiene el mérito de haber reorganizado la administración del imperio. Para ello distribuyó las provincias entre él y el senado: en adelante, sólo las provincias pacificadas estarían bajo el control de la antigua asamblea y serían gobernadas por procónsules; al contrario, las provincias donde hubiera legiones estacionadas quedaran bajo la autoridad directa del emperador que delegarla en legados («legado de Augusto propretor»). Los territorios que presentasen algún problema especial se confiarían a un prefecto o un procurador (véase más adelante, p. 17) dependiente del legado de la provincia imperial más próxima: se trataba muchas veces de un estatuto temporal aplicado a los pequeños distritos, como los cantones de los Alpes o Judea.

Egipto constituía un caso aparte; era gobernado por un prefecto de orden ecuestre y se prohibía entrar en él sin la autorización del soberano.

Para asegurar la estabilidad del régimen, Augusto tuvo que resolver dos problemas: el de la transmisión de sus poderes y el de la designación de su eventual sucesor. En efecto, de derecho, Augusto no estableció un poder dinástico, sus atribuciones no le pertenecían en propiedad y por tanto no podía delegarlas; por otra parte, al carecer de hijos, fue adoptando sucesivamente a varios miembros de su familia, capaces de atraerse la adhesión del senado y del ejército por su popularidad, y les fue concediendo responsabilidades importantes. Las aflicciones que rodearon su vejez le obligaron a adoptar como último resorte al hijo de su esposa, Tiberio, que fue proclamado emperador a su muerte el año 14 p.C.

Tiberio (14‑37 p.C.) ha sido juzgado muy severamente por los historiadores antiguos. Parece ser que este emperador, contemporáneo de Cristo, fue un personaje de una psicología muy compleja, especialmente preocupado del esplendor de su familia, la gens Claudia. Después de él reinó su sobrino Calígula (37‑41 p.C.), joven extravagante y poco equilibrado; muy relacionado con Herodes Agripa 1, estuvo a punto sin embargo de provocar la sublevación de los judíos (cf. p. 58). Fue asesinado el año 41 y el ejército proclamó a su tío Claudio (41‑54 p.C.); los documentos antiguos lo presentan como débil mental; hay que señalar sin embargo que su reinado fue más bien beneficioso para todos y que supo hacer progresar la administración imperial. Su hijo adoptivo, Nerón (54‑68), le sucedió en el año 54; su reinado está marcado por el incendio de Roma el año 64, el martirio de Pedro (¿64?) y de Pablo (¿67?) y el comienzo de la gran sublevación judía. El año 68, una conspiración le arrancó el poder y, después de algunos meses de anarquía, fue proclamado Vespasiano (69‑79), comandante en jefe del ejército de Palestina. Le sucedieron sus dos hijos, primero Tito (79‑81), el vencedor de Jerusalén, y luego Domiciano (81‑96). Este último fue derribado por una conspiración senatorial que puso en el poder a Nerva; como no tenla hijos, adoptó a Trajano que designó luego a Adriano; la dinastía de los Antoninos continúa hasta finales de siglo con Antonio, Marco Aurelio y Cómmodo.

SITUACION GEOGRÁFICA

Al morir Augusto, el imperio romano había alcanzado ya casi su mayor extensión. Comprendía, en el extremo oeste, las dos provincias de España a las que se añadió Lusitania (poco más o menos el Portugal actual); los romanos hablan entrado en la península ibérica en la época de las guerras de Aníbal. (218‑201 a.C.) y la fueron conquistando progresivamente; su pacificación, a veces bastante difícil, no acabó hasta los comienzos del reinado de Augusto. Venían luego las Galias y el distrito de Germanía; los romanos empezaron su conquista a finales del siglo II a C. y César consiguió su anexión entre los años 58 a 50. Bajo Augusto y luego en los primeros años del reino de Tiberio, se intentó en vano ensanchar sus límites; finalmente, la frontera quedó fijada en el Rin. Por el este, las provincias de Retia, el Nórico, la Pannonia y Mesia estaban limitadas por el curso del Danubio. Al sur, la península de los Balcanes fue conquistada entre el 167 y el 146. Los romanos penetraron en Asia Menor el 133 a.C., cuando Átalo III de Pérgamo les dejó en testamento su reino, que se convirtió en la provincia de Asia; el resto fue conquistado durante las guerras del siglo 1 a.C. o por donaciones a comienzos del imperio. Siria, con su frontera señalada en el nordeste por el Éufrates y luego por el desierto, fue conquistada el 64 a.C. por Pompeyo. Al sur estaba el pequeño estado de Palestina, convertido en vasallo desde el 63, que servía a Roma de plataforma de protección. Egipto, anexionado el 30 a.C., era terreno personal del emperador. Al oeste, la Cirenaica, organizada como provincia el 74 a.C., no es más que una franja en la costa, unida administrativamente a Creta. La Tripolitania fue agregada por César al antiguo territorio de Cartago para formar la provincia llamada África proconsular. Durante los siguientes reinados se añadieron algunos territorios las Mauritanias (Argelia y Marruecos) bajo Calígula; la Bretaña (actual Gran Bretaña) empezó a ser conquistada con muchas dificultades por Claudio y su pacificación no llegó hasta tiempos de Adriano; Domiciano aseguró la protección del territorio entre las fuentes del Danubio y del Rin creando la zona militar de los Campos Decumanos; finalmente, Trajano anexionó Arabia en el 105 p.C. (la Transjordania) y la Dacio en el 107; intentó además extender el poder romano ala otra orilla del Éufrates, pero estas conquistas fueron abandonadas con su muerte (cf. p. 61). El reinado de Trajano es, por otra parte, el último intento de expansión; después de él, Adriano fijó definitivamente tos límites del imperio completando el sistema defensivo comenzado por sus predecesores.

SITUACION SOCIAL

Así, pues, con toda su extensión, el imperio romano es un inmenso territorio protegido por un ejército relativamente poco importante: unas treinta legiones, duplicadas con tropas auxiliares, o sea unos 350 a 400.000 hombres.

La población se calcula en unos cincuenta millones de habitantes. Las ciudades más pobladas son Roma (700.000 a un millón), Alejandría (unos 700.000) y Antioquía (unos 300.000). La unidad que existe a nivel del poder central de la política exterior y de cierto número de valores culturales no logra sin embargo borrar los particularismos. El Imperio no es un bloque monolítico, ya que generalmente no coinciden los límites territoriales y el derecho de gentes. En efecto, los súbditos del emperador pertenecen a razas y a ciudades diferentes; además, los habitantes de una misma ciudad o región pueden ser de .derecho» distinto; así, por ejemplo, entre los hombres libres hay que distinguir a los ciudadanos romanos y a las gentes de derecho peregrino. Los primeros gozan de varios privilegios judiciales, fiscales y políticos; la noción de peregrino engloba a todos los demás, esto es, a los .extranjeros» a la ciudadanía romana, en el sentido jurídico del término; dependen entonces del derecho de su ciudad o de su raza original. Generalmente, el gobierno imperial supo dejar un amplio margen de autonomía a las comunidades locales, reservándose la supervisión fiscal, el derecho penal y la política exterior.

Los esclavos son numerosos. Jurídicamente carecen de existencia, pero bajo la influencia de las reflexiones filosóficas los juristas reconocen que el esclavo es un hombrea La condición servil no es uniforme: los que trabajan en las minas llevan una vida mucho más penosa y tampoco es muy de envidiar la suerte de los que trabajan en el campo. Al contrario, los esclavos «especializados» (cocineros, médicos, secretarios…) tienen un gran valor en el mercado, son bien tratados y consiguen fácilmente liberarse. El esclavo artesano que trabaja en un taller entregando a su amo una sencilla renta no se distingue mucho en su nivel de vida del pequeño artesana libre de nacimiento. La legislación del imperio intentó suavizar la suerte de los esclavos, controlando sobre todo el derecho de vida y muerte del amo y privando de su derecho de propiedad al que abandonaba a un esclavo anciano o enfermo. En una palabra, se trata de un grupo importante cuya definición jurídica no debe engañarnos ‑ya que las situaciones particulares varían mucho en cada caso‑ y que no hemos de considerar en bloque como una verdadera clase social.

SITUACION ECONOMICA

Tenemos datos muy limitados sobre la economía de la antigüedad y el imperio romano no es una excepción de la regla. Hemos de contentarnos con señalar algunas características generales. La economía se basa en la agricultura; las principales producciones son los cereales y las legumbres a las que hay que añadir la viña y el olivo en las regiones mediterráneas; se cría ganado para tener carne (o conserva por salazón), para cultivar la tierra, para la guerra y para curtir el cuero. Fuera de los productos de primera necesidad, la artesanía se dedica al tejido, la metalurgia, la cerámica y las obras de construcción. El comercio local es poco .conocido por la sencilla razón de que dependía de la iniciativa individual. Más datos tenemos del tráfico e gran escala. Los metales se explotan sobre todo en occidente (estaño, plomo y zinc en Bretaña; plomo argentífero, cobre, hierro y zinc en España‑, hierro en el Nórico y Pannonia; oro y hierro en Dacia). Los mármoles proceden de Grecia y de Italia. Las mejores cerámicas se fabrican en Grecia, en Italia y las Galias. África, España y Grecia exportan aceite de diversa calidad; el trigo que abastece a Roma viene de Sicilia, de África y sobre todo de Egipto.

Las vías marítimas son el medio más rápido y más barato de desplazamiento. Se navega mientras está «abierto» el mar (del 5 de marzo al 11 de noviembre), cuando los vientos son regulares y no hay riesgos de tempestad. En la época de Cicerón se necesitaban cinco o seis semanas para ir de Cilicia (Asia Menor) a Italia, pero se sabe que una travesía récord podía hacerse de Pozzuoli a Alejandría en nueve días. Después del 11 de noviembre, los contratos comerciales no cubrían los riesgos de la navegación y en caso de necesidad era el estado el que lenta que encargarse de ellos. No obstante, no hay que tomar esta limitación de manera demasiado estricta, ya que podían modificarle las variaciones climáticas del año o los vientos locales. Flavio Josefo nos dice que Tito se embarcó en pleno invierno para ir a felicitar al nuevo emperador Galba y que se dio media vuelta en Corinto al enterarse de su asesinato. Cuando Pablo fue llevado prisionero a Roma, dejó Palestina en septiembre y se encontró con vientos contrarios ya en las costas del Asia Menor; más adelante, la tempestad puso su barco ala deriva durante cuarenta días hasta que chocaron en Malta (Hech 27).

El estado desarrolló igualmente un excelente itinerario de calzadas, no siempre empedradas a pesar de lo que se cree, con finalidades primordialmente estratégicas. Estas rutas las utilizaba también el correo imperial (cursus publicus), que gozaba en etapas regulares de postas (mutationes) y de albergues (mansiones). Esta organización, reservada al estado y a los particulares que recibían autorización para ello, funcionó muy bien hasta mitad del siglo IV de nuestra era.

Las Galias, conocidas por sus ríos navegables, vieron desarrollarse asociaciones de barqueros; también las había en los lagos, especialmente en el Leman.

El Oriente gozaba del comercio de materias preciosas que tratan las caravanas. Había un camino desde China que atravesaba Mongolia, el Asia Central y el Irán; pasaba el Éufrates por Dura‑Europos y llegaba a Palmira y luego a Antioquía. También se podía remontar el mar Rojo hasta el golfo de Aqaba en donde las caravanas de los árabes nabateos se hacían cargo de las mercancías tomando la ruta que pasa por Petra, Bosra y Damasco. Este comercio ofrecía productos ligeros, pero costosos (seda, perlas, piedras preciosas, incienso) y generalmente deficitarios en el imperio romano.

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